Ana María Bovo: Contar historias

Escritora, actriz y docente, comparte sus secretos para contar una historia.


Vivimos rodeados de estímulos audiovisuales y la pandemia los exacerbó, pero hay quienes siguen cultivando el arte de escuchar y contar. Ana María Bovo es una de ellas. Escritora, actriz y docente, es además una de las narradoras más importante de nuestro país que literalmente hizo escuela en eso de perfeccionar la habilidad de relatar.

Nació en San Francisco, Córdoba, pero vive hace años en San Telmo, ciudad de Buenos Aires, desde donde ahora sigue brindando clases y espectáculos online cuya fuerza radica en la potencia de las palabras. Ganó varios premios por su actuación, como el Konex o el ACE. En 2002, publicó el libro Narrar, oficio trémulo (conversaciones con Jorge Dubatti) y, en 2008, dio a luz a su primera novela, Rosas colombianas (Emecé, 2008).

Empezó contando relatos en escuelas y su primer espectáculo teatral fue en 1999 en el mítico Foro Gandhi de la calle Corrientes, ante un pequeño auditorio de 70 personas, con un escenario que tenía sólo una silla. Más tarde crecieron los auditorios (como el del Teatro Broadway, con mil butacas), pero los recursos siguieron siendo los mismos: un escenario despojado y unas buenas historias.

-Como intérprete, ¿cuál diría que es la principal diferencia al momento de narrar una historia o de actuarla?

-No encuentro la diferencia entre narrar y actuar. Yo tengo como modelo estético a hombres o mujeres que narran espontáneamente y es lo que trato de llevar a escena. Todas las inflexiones de la voz, todo el universo gestual, la trasmisión de las emociones las voy sobrellevando, según quien narra la historia. Si el narrador es omnisciente, me manejo como alguien que cuenta algo que le pasó a otra gente. Entonces me desplazó a ese personaje tal como lo hace una persona que narra un acontecimiento que ha vivido. En los espectáculos que estoy brindando por streaming parto de un material literario y entonces tengo que conferirle un carácter vívido a cada cosa que cuento. Por supuesto que cuando narro en primera persona un cuento como Verde y Negro, de Juan José Saer, me exige una composición del personaje que tengo que sostener durante todo un relato muy extenso. Allí no se puede perder la convención establecida en escena en ningún momento. Diría que cuando narro en primera persona me desplazó claramente hacia la actuación.





-¿El proceso es similar cuando escribe historias?

-En este momento estoy adaptando un cuento que escribí para narrarlo y es el mismo proceso que con otros autores, el de adaptar la sintaxis del texto a la narración oral. Cuando lo que cuento es autobiográfico, el proceso es inverso: me lo digo varias veces en voz alta, lo voy fijando en mi memoria, lo voy tratando de pulir. Y ahí lo escribo. Es muy difícil transcribir los cuentos que compuse primero para la oralidad. Están en el territorio de la memoria, similar a cuando contás una anécdota.

-En tiempos de tantos incentivos visuales, ¿qué poder tienen las palabras para transmitir historias?

-Ese sigue siendo un desafío extraordinario. Cuando decidí construir el espectáculo Maní con chocolate, que narraba películas, mi coautor conceptual fue Mario Tobelem, licenciado en Letras, redactor publicitario y cinéfilo. Él me dijo: “el desafío será no proyectar escenas”. Entonces me acostumbré a construir los textos para ese y todos los demás espectáculos con los sistemas narrativos del cine: líneas breves que condensen mucha imagen, que implanten espacios, que se vea mover a los personajes. Así logré prescindir de las proyecciones y que todo el mundo vea los filmes a través de cómo se construyen las frases. Tengo la dicha -porque esa es la palabra- que la gente al terminar el espectáculo me decía: yo vi todo.

Es maravilloso, porque el espectador o espectadora está acuñando la imagen a la medida de su imaginación, de su experiencia, y eso es algo que yo no podría saber nunca cuál es. Y ese misterio insondable me atrae muchísimo. La narración me permite esa multiplicidad de sentidos y de lecturas que me sigue pareciendo un poder de omnipresencia del género. Con muy poco recursos genera mucho universo.

-En la sala de teatro, la reacción del público se percibe en el transcurso de la función. ¿Cómo es con el streamging? ¿Se parece al lector imaginario de la escritura?

-En parte es incógnita. Cuando se escribe, tenés que imaginar a un lector posible o múltiple, pero nunca tenés respuesta hasta que no se lea. Creo que era Borges el que decía “el sabor de la manzana está en el paladar” y con la lectura y con la puesta vía internet pasa algo parecido. Ahora estoy recurriendo a relatos clásicos del repertorio porque como los hice mucho tiempo tengo en mi memoria lo que el público hacía, los silencios, la tensión que había en la sala. Y recuerdo también los aplausos. Como le dije a los espectadores al final del streaming, yo confío en la receptividad. Y la reacción que veo luego en el chat ha sido maravillosa. Diría que el esfuerzo es doble que en el teatro, porque la intención de llegar se duplica.



- Para sus primeras funciones en línea eligió el humor y el amor. ¿Por qué esas emociones? ¿Tiene relación con el contexto actual?

-En Gandhi, cuando empecé, hice una antología de cuentos de humor y amor. En ese sentido, fue como volver a las raíces, casi literalmente. Desde el afiche mismo que era blanco y negro y con un logo pequeño. Solo que no sé por qué motivo para lo virtual separé los temas. Claro, en tantos meses de encierro, he encontrado destellos de humor en lo cotidiano y lo he ido posteado en mis redes. El repertorio que voy construyendo -ya sea con textos de otros autores o que escribo- siempre tiene la presencia del amor y el humor y también sus contracaras, el desamor y la tristeza. Me encanta trabajar para deshacer la pena con una carcajada. La vida está difícil y me gusta que los relatos transmitan una energía, una alegría, que restaure el deseo por nuestro presente.