La Flota de Mar


Argentina tiene 6.500.000km² de plataforma continental, cuyas posibilidades resultaban y siguen siendo, apenas, cuantificables. El archipiélago denominado Malvinas, ubicado a 500 km de la costa patagónica y que ocupa una superficie de 11.718km², fue heredado por el país de manos de la Corona Española.

En 1833 arribó la fragata inglesa “Clio”. Su dotación tomó posesión de las islas desalojando a una pequeña guarnición argentina. Desde entonces se iniciaron sucesivas presentaciones ante organismos internacionales que tuvieron durante siglo y medio la misma respuesta: silencio.

Un incidente con obreros argentinos que realizaban el desguace de una antigua factoría ballenera en la isla San Pedro fue calificado de ilegal. Así se puso en marcha un intercambio de notas infructífero entre cancillerías, por lo que la Junta Militar como gobierno nacional, hizo efectivo un precipitado plan de acción que tenía como objetivo recuperar la soberanía sobre “la perla austral”.

Se le asignó la responsabilidad a la Armada de reconquistar y asegurar Puerto Argentino de forma incruenta, garantizando en todo momento la seguridad de las personas y de los bienes y de los habitantes de la ciudad.

Aquel otoño del ‘82 el componente naval comenzó a desplegarse en pos de la concreción de la Operación Anfibia "Rosario".

Así comenzó el despliegue de más de una decena de buques que conformaron diferentes grupos de tareas. Durante los 74 días que duró la guerra su accionar fue indispensable, efectivo y heroico.

Durante la toma de Puerto Argentino se volvió fundamental el destructor A.R.A. “Santísima Trinidad”. Sus capacidades permitieron el desembarco de las fuerzas especiales durante la "Operación Rosario", lo mismo que el submarino A.R.A. “Santa Fé”.

El A.R.A. “Santísima Trinidad” fue acompañado por el A.R.A. “Hércules”, el cual marcó el camino a la Fuerza de Desembarco en su acceso a tierra firme. Por su parte, los destructores A.R.A. “Domecq García”, A.R.A. “Seguí”, A.R.A. “Bouchard”, A.R.A. “Py” y A.R.A. “Piedrabuena” fueron encargados de controlar el área marítima realizando patrullaje para evitar el paso de unidades enemigas.

En la misma operación tuvo su participación el Portaviones A.R.A. “25 de Mayo” como buque control de aeronaves de ataque y control aéreo. La Armada Argentina pudo cubrir y desplegar a su GAE (Grupo Aéreo Embarcado), de una manera que no hubiese sido posible hacer desde tierra firme. Por su actuación se le otorgó a la unidad la condecoración “Operaciones de Combate”.

El rompehielos A.R.A. “Almirante Irízar” en un inicio fue puente logístico, transportando tropas y pertrechos. En las horas más cruentas de la guerra fue configurado como buque hospital junto con el buque A.R.A. “Bahía Paraíso”. El coloso naranja arribó a cercanías del teatro de operaciones con su exterior repintado de blanco con una cruz roja, que indicaba el inicio de su misión sanitaria. Zarpó con más de 200 camas, quirófanos, laboratorios, salas de terapia, rayos, traumatología y quemados, helicópteros embarcados y varias decenas de profesionales de la salud.

La División de Corbetas estuvo conformada por las corbetas A.R.A. “Drummond”, A.R.A. “Granville” y A.R.A. “Guerrico”. Las dos primeras formaron parte de la fuerza de tareas anfibia, brindando protección y apoyo a las unidades encargadas de desembarcar el 2 de abril; mientras que la última participó del Grupo de Tareas que tenía como fin recuperar las islas Georgias del Sur.

Aquí vale la mención del combate en Grytviken, donde la corbeta A.R.A. “Guerrico” tuvo una actuación destacada en el desembarco y toma de posición de combate de una fracción de Infantes de Marina. Era 3 de abril cuando precedió al “Bahía Paraíso” –a bordo del cual se encontraba la Fuerza de Desembarco– en el ingreso a la Bahía Cumberland, efectuando una exhaustiva búsqueda electrónica y comprobando la ausencia de unidades británicas.

Ya en el puerto de Grytviken, la dotación de la corbeta detectó diferentes condiciones que reducían el espejo de agua disponible para la maniobra del buque y lo dejaban expuesto al fuego enemigo que se había desatado inicialmente sobre dos helicópteros de la Fuerza de Tareas argentina. Así, el comando tomó la arriesgada decisión de entrar y salir de la dársena para atraer la atención británica hacia el buque y, a la vez, tratar de batirlo con fuego propio para permitir que los Infantes de Marina pudieran consolidar su posición en tierra.

La corbeta comenzó a recibir fuego constante durante toda su maniobra que impactó sobre su superestructura. El sistema de armas tuvo un breve período de funcionamiento antes de averiarse. Fue durante la operación de la ametralladora de 40 mm. que falleció el apuntador, Cabo de Mar Patricio Guanca, la única baja que tuvo la dotación de la unidad.

Una vez abandonada la dársena y ya con varios heridos a bordo, el buque ocupó posición en proximidades de la roca Hobart, y desde allí comenzó a abatir al enemigo con el reparado montaje de 40 mm, comenzando desde la zona más alta, próxima a los edificios. A los pocos disparos y antes de tener que intentar impactar en los edificios, se produjo la rendición.

Cabe mencionar también que la Prefectura Naval Argentina y la Marina Mercante navegaron en los mares del sur cumpliendo distintas misiones.

El “Belgrano”: custodio eterno del mar austral

Cómo olvidar aquel crucero de 3900 tn. que había sido puesto en servicio dos años antes de la guerra. El 16 de abril de 1982 zarpó desde la Base Naval Puerto Belgrano hacia el este de la zona de conflicto con 1093 tripulantes. Los testimonios y relatos describen ese momento como de una incertidumbre completa, de una esperanza simbolizada en la promesa de volver y de una movilización por defender la Patria.

Debía mantenerse fuera del área de exclusión vigilando las intenciones de las fuerzas enemigas. Luego de recalar en Ushuaia, se reunió con dos destructores. El 1° de mayo recibió la orden de atacar por el sur pero ya habían sido detectados por el submarino nuclear HMS “Conqueror” que se había posicionado en cercanías de ellos.

Al día siguiente se le ordenó replegarse, pero su destino ya estaba marcado. Fue a las 16:02 horas cuando el primer torpedo Mark 8 impactó en la sala de máquinas, disparado a una distancia de tan sólo 5 km. El segundo impacto fue en la proa, destruyéndola casi por completo. No había opción y la tripulación escuchó a las 16:23 horas la orden de abandonar el buque.

Media hora después, el “Belgrano” se hundía en las gélidas aguas australes, dejando a la deriva balsas con hombres que enfrentaron durante casi dos días “Mar 4, visibilidad 500 yardas y viento del noroeste a 30 kms/hs” (parte del SITREP emitido por el A.R.A. “Piedrabuena” en misión de rescate). Las bravías olas dificultaron la supervivencia y posterior rescate de los náufragos, quienes ante cada contingencia superada creían firmemente volver a nacer.

Durante el ataque fallecieron 323 tripulantes y fueron rescatados 770. Fue una gran proeza encontrar las balsas en las condiciones climatológicas reinantes, lo cual no hubiera sido posible sin la acción de un Neptune de la Aviación Naval que las divisó y de la determinación de los tripulantes a bordo del A.R.A. “Gurruchaga”, del A.R.A. “Bouchard”, del A.R.A. “Piedrabuena” y del A.R.A. "Bahía Paraíso" como buque hospital, que fueron quienes los rescataron. Ningún marino deja a otro marino en el mar.

La epopeya del A.R.A. “Sobral”

Al mismo tiempo que se buscaba a los náufragos del crucero, el aviso ARA “Alférez Sobral” emprendía el rescate de los tripulantes de un avión Canberra de la Fuerza Aérea Argentina, aproximadamente a 100 millas náuticas al Norte del Estrecho San Carlos.

Este buque junto al aviso A.R.A. “Somellera” no formaba parte de la Fuerza de Tareas argentina, sino de una escuadrilla de sostén y apoyo. En la madrugada del 3 de mayo un misil lanzado desde helicópteros Sea Lynx ingleses impactó en una de sus lanchas, destruyéndola por completo y esparciendo esquirlas que hirieron a los tres operadores de la ametralladora de estribor. Todo ocurrió en pocos segundos y en medio de una oscuridad impenetrable que impedía sostener una defensa armada frente al ataque.

Luego de una revisión de los daños ocasionados, el Comandante, Capitán de Corbeta Sergio Raúl Gómez Roca, consideró que el lugar de mayor riesgo era la superestructura, especialmente el puente de comando. Con el fin de proteger a sus hombres, a sabiendas que era imposible combatir efectivamente con las armas propias, ordenó desalojar las cubiertas superiores quedando en el puente solamente él y los tripulantes indispensables para conducir el buque.

El segundo impacto dio directamente en el puente, destruyéndolo por completo al igual que el cuarto de radio que se hallaba debajo: fallecieron en el acto 8 marinos entre los que se encontraba el Comandante. La difícil decisión que previamente había tomado Gómez Roca se volvió en este momento heroica, ya que salvó la vida de muchos de sus hombres.

Sin puente de comando y con la tripulación diezmada, al mando del Segundo Comandante, Sergio Bazán, la dotación improvisó un timón y se decidió navegar hacia el continente, aún bajo amenaza de un nuevo ataque. El 5 de mayo se logró el ansiado arribo a tierra, llegando a Puerto Deseado, donde fueron recibidos con mucha emoción por camaradas militares y por los pobladores.