Nuestra Señora Stella Maris, Patrona de la Armada Argentina
Para la Armada Argentina, esta advocación tiene un lugar especial. El 18 de agosto de 1937, mediante decreto del Poder Ejecutivo Nacional, firmado por el presidente general Agustín P. Justo y refrendado en la Orden General del Ministerio de Marina N.º 199, Nuestra Señora Stella Maris fue proclamada oficialmente Patrona de la Armada Argentina.
Desde entonces, su imagen acompaña a cada buque, destino naval y misión, recordando a hombres y mujeres de mar que, además de su pericia y preparación, cuentan con la guía de una Madre que protege y consuela.
Celebrar su día es mucho más que un acto protocolar: es una ocasión para volver la mirada al cielo y recordar que, aun en medio del deber, de la guerra, de las operaciones, del aislamiento o del sacrificio silencioso que supone servir en el mar, existe una presencia materna que orienta y reconforta.
En el mar, pocas son las certezas. Desde siempre, cada vez que un marino se persigna al embarcar, sabe que confía su travesía no solo a la tecnología y a la disciplina, sino también a esa estrella de ternura que ilumina aún en la tempestad.
En navegación, la tierra queda lejos, los caminos se desdibujan y hasta el cielo parece distinto. Todo se mueve, todo es incierto. El rumbo depende del viento, de la marea, del oleaje, de las decisiones tomadas en el puente de mando y, también, de aquellas que parecen tomarse en lo alto del cielo.
Quien ha navegado lo sabe: hay noches en que la oscuridad parece absoluta y otras en que el firmamento se despliega con una claridad indescriptible. Hay días en que el mar se asemeja a una sábana de seda, y otros en que se transforma en un gigante indomable. En todos los casos, lo que sostiene al navegante es la presencia de esa estrella que orienta y conforta.
Los marinos viven, muchas veces, lejos de sus familias, de la tierra firme y de las seguridades cotidianas. Custodian nuestras aguas, rescatan vidas, cumplen misiones sin que su labor sea siempre visible. Conocen el peso del silencio, la disciplina del deber y la hondura de la oración hecha sin palabras.
En esa vida, la Virgen no es un amuleto, sino una compañera de travesía. Es la Madre que sube a bordo sin invitación, porque ya tiene su lugar asegurado en el corazón de cada hombre y mujer de mar. Escucha las oraciones murmuradas en cubierta durante una guardia nocturna, consuela al que recibe malas noticias desde tierra y sostiene al que navega a cientos de millas sin poder abrazar a los suyos.
En el corazón de cada marino argentino hay un altar invisible —quizás sin velas ni flores— donde habita Stella Maris. Allí, cuando el radar no muestra nada, cuando las olas golpean con fuerza o cuando uno siente que va a naufragar —en el mar o en el alma—, es a Ella a quien se dirige la plegaria, aunque sea con los dientes apretados.
En este día, no pensemos solo en la Virgen María como protectora, sino también como Madre que navega con nosotros: la primera en embarcar en cada misión, la que acompaña en silencio al que está de guardia, la que conoce de memoria el corazón humano porque supo dar a luz en la intemperie, huir con su Hijo, vivir en tierra extranjera, sufrir al pie de la cruz y esperar con fe la resurrección.
Ella conoce el miedo y la incertidumbre. Y por eso, es una buena compañera de viaje.