Esta antigua estancia jesuítica se originó a finales del siglo XVII y contaba con una iglesia, un claustro y talleres. También, una fábrica de carretas y un cañaveral, lo que la convirtió en la cuna de la industria azucarera de la región. Tras la expulsión de los jesuitas en 1767, el sitio pasó a manos de la Orden de los Dominicos, quienes reconstruyeron el templo en 1882.
A lo largo de su historia albergaron figuras clave como San Martín y Belgrano. Hoy las ruinas constituyen un atractivo turístico que combina historia, cultura y arquitectura, una experiencia única para conocer el legado jesuítico y colonial de Argentina.
Además de su riqueza histórica, el entorno natural que rodea las ruinas invita a recorrer el lugar en un ambiente de serenidad y conexión con el pasado. Ideal para amantes de la historia, la cultura y el turismo religioso.



