Narváez y su primer título mundial

Fue el 13 de julio de 2002 en el Luna Park.


No fue una más la noche del 13 de julio de 2002, ni para Narváez ni para el boxeo argentino. Para el Huracán de Trelew porque se alzaría con la primera de sus coronas mundiales, la de peso mosca de la Organización Mundial de Boxeo (OMB), y para el pugilismo nacional porque el Luna Park reabría sus puertas tras 15 años, porque se festejaban los 70 años de su ubicación actual (antes funcionaba dónde hoy está el Obelisco) y porque se rendía homenaje a Tito Lectoure -empresario y promotor del boxeo argentino-, que había fallecido cuatro meses antes.

Y Narváez, con 26 años y apenas 11 peleas previas como profesional, estuvo a tono con la trascendencia de la noche, ganándole claramente por puntos al nicaragüense Adonis Rivas para quitarle la corona. Corona que defendió con éxito 16 veces, récord para campeones mundiales argentinos.

Atrás quedaba una brillante carrera como boxeador amateur: Campeón Panamericano 1999 en Winipeg, Canadá. Y dos presencias Olímpicas: Atlanta 1996 y Sídney 2000, de la mano de un maestro cubano que lo cultivó para cosechar después al futuro campeón: Sarbelio Fuentes, instructor de boxeo de equipos olímpicos de la isla y fundador de la Escuela Cubana de Boxeo, antes y después de su experiencia en la Federación Argentina de Box (FAB).

Entre las conquistas, logros y virtudes de Omar Narváez no puede faltar una condición que es tal vez su marca registrada, la estrella que brilla con luz propia: su humildad.

Aquel día de su consagración, en un Luna Park ya más habituado a las luces del espectáculo y recitales que a gloriosas noches de boxeo, cuando apabulló a Rivas, su característica humildad lo condujo por el camino de siempre.

El sacrificado boxeador nacido en Trelew y acunado por vientos patagónicos, el primero en llegar a los entrenamientos y el último en irse, el que siempre fue tomado como ejemplo por sus colegas del ring, llegó al vestuario del Luna, y en un camarín que desbordaba felicidad y festejos, pidió silencio por unos minutos: quería saludar telefónicamente al maestro Sarbelio Fuentes, quien desde La Habana volvió a pronunciar aquellas palabras que siempre lo emocionaban: "Omar, tú sabes".