Mujeres que guían entre hielos con la ayuda de satélites

Crónica de un suceso que puso en vilo a la tripulación del rompehielos Almirante Irízar, y que logró superarse por el trabajo conjunto de científicas de la CONAE y del Servicio de Hidrografía Naval.


Cuando el Rompehielos ARA “Almirante Irízar” incursionó por primera vez en la Antártida, en 1979, transportaba una tripulación de 380 hombres y entre ellos a una sola mujer, Beatriz Lorenzo, quien se desempeñaba en el Servicio de Hidrografía Naval desde la estación meteorológica del buque. Su misión era asistir al comandante en la búsqueda de la mejor ruta hacia las bases antárticas, navegando entre hielos y témpanos de dimensiones desmesuradas.

En 2019 Beatriz realizó su último viaje en el rompehielos. Esa despedida será difícil de olvidar, no sólo por la historia que deja atrás, después de cuatro décadas navegando en los mares más australes del mundo en el rompehielos más grande del hemisferio sur, sino también porque en sí mismo, esa misión contuvo aristas inesperadas. Hoy lo cuenta como una gran anécdota, que asombra porque parece sacada de una novela de Julio Verne, con témpanos gigantes de cientos de kilómetros de extensión, golfos que, aunque suene a ficción, se llaman Terror, y una ayuda que vino del cielo, aunque no fue una aparición religiosa, sino de la constelación SIASGE (Sistema Ítalo Argentino de Satélites para la Gestión de Emergencias), integrada por satélites de observación de la Tierra de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) y de la Agencia Espacial Italiana (ASI).

Una campaña riesgosa

Cada año, el buque insignia de la Fuerza Naval Antártica realiza la campaña de verano para reabastecer a todas las bases de la Antártida Argentina, desde Orcadas hasta Belgrano. “La campaña completa dura desde mediados de diciembre a mediados de abril, si no sucede nada, si no quedamos atrapados ni nada de eso”, comenta Beatriz ya retirada, mientras permanece en el continente.

Lorenzo se jubiló en mayo de 2018. Pero, como suele suceder en las películas, antes de despedirse sus superiores le encomendaron una última misión. Debería viajar una vez más en el rompehielos para acompañar y formar a quien debería reemplazarla en sus tareas, asesorando al comandante sobre la ruta en el hielo marino.

“Embarqué el 20 de diciembre de 2019. El 9 de enero llegamos a la base Belgrano II y en marzo ingresamos a una zona complicada en las cercanías de Marambio. Al llegar al golfo Erebus y Terror (que lleva ese nombre por dos buques que se hundieron en el lugar en el siglo XIX) vivimos una situación bastante compleja. La corriente y el viento había trasladado hasta ese lugar un volumen enorme de hielo como resultado del desprendimiento de un témpano gigante en la barrera de Larsen, más al sur. Era un témpano de 180 km de largo a la deriva.

“No era una situación que comprimiera al buque, como vivimos en otras oportunidades, pero sí complicaba la posibilidad de salir y operar con la base. Un retraso como el que estábamos teniendo podía afectar a las reservas de combustible y, sobre todo, generaba malestar entre la tripulación. Algunos podían comenzar a pensar ´¿qué va a pasar?´ o ´de acá no salimos´. Había que calmar los ánimos”.

Durante la campaña de verano de 2019, en las cercanías de Marambio, el rompehielos quedó varado en medio de un témpano de 180 km de largo. Sólo pudieron encontrar una ruta viable con la ayuda de satélites.
Durante la campaña de verano de 2019, en las cercanías de Marambio, el rompehielos quedó varado en medio de un témpano de 180 km de largo. Sólo pudieron encontrar una ruta viable con la ayuda de satélites.

“En esa zona los témpanos derivan. El hielo aparecía y desaparecía. De buenas a primeras teníamos aguas libres y a la hora se empezaba a congelar todo de nuevo. El comandante me decía: `ese témpano me sigue, Beatriz´. Nosotros nos movíamos y el témpano se movía. Nos quedábamos quietos y el témpano se quedaba ahí. Nos volvíamos a mover y al rato venía atrás nuestro. Teníamos que mover el buque.

Si no encontrábamos una ruta donde no fuera necesario romper tanto hielo, que nos desgastaba y que nos obligaba a consumir combustible, las reservas se podían comenzar a agotar. Entonces el comandante decidió ir al oeste, que no era una ruta habitual, buscando el hielo más delgado. Pero la distancia era grande y los témpanos derivaban a gran velocidad.

Beatriz Lorenzo junto al comandante del Rompehielos ARA “Almirante Irízar”, asistiendo en la búsqueda de la mejor ruta hacia las bases antárticas.
Beatriz Lorenzo junto al comandante del Rompehielos ARA “Almirante Irízar”, asistiendo en la búsqueda de la mejor ruta hacia las bases antárticas.

La ayuda llegó de arriba. Beatriz pudo establecer contacto con la CONAE, cuyos profesionales comenzaron a enviarles imágenes provistas por el satélite más reciente que la Argentina envió al espacio, el SAOCOM 1A (en marzo de este año pondrá en órbita a su hermano gemelo, el SAOCOM 1B).

El satélite SAOCOM 1A había sido puesto en órbita hacía muy pocos meses, el 7 de octubre de 2018 con una tecnología realmente innovadora, equipado con un radar de apertura sintética (SAR). En la CONAE recién comenzaban a operar con las imágenes recibidas desde el espacio, cuando llegó el pedido de ayuda del rompehielos Almirante Irízar. Laura Frulla, investigadora principal de la Misión SAOCOM y gerenta de Observación de la Tierra de la CONAE, recuerda que esos mensajes de auxilio la movilizaron por completo. Desde la Ciudad de Buenos Aires era difícil dimensionar lo que sucedía en aguas australes, pero entendió que entre el hielo y la niebla, el buque estaba navegando a ciegas. “Era muy movilizante”, sostiene cuando trata de hacer memoria, entre reuniones que la concentran en el nuevo lanzamiento planificado para el 30 de marzo de 2020 desde la estación de SpaceX en Cabo Cañaveral, Estados Unidos.

Laura Frulla en la CONAE, y la maqueta del satélite SAOCOM.
Laura Frulla en la CONAE, y la maqueta del satélite SAOCOM.

Beatriz continua con su relato: “Para guiarnos disponíamos de algunas imágenes satelitales de otras agencias, pero eran esporádicas. Por otra parte le había dado nuestro itinerario a los profesionales de la CONAE, aunque ese recorrido nunca se cumple en tiempo y forma. De buenas a primeras podíamos ir a la base Esperanza, por ejemplo, y de ahí a Marambio. Si el tiempo estaba malo o muy complejo, también se podría intentar hacer otra base para ganar tiempo”.

“En ese momento la CONAE me ofreció las imágenes y fue genial. Lorenzo ya mantenía un vínculo estrecho con la Comisión Nacional de Actividades Espaciales, pero en esta oportunidad inauguraron los trabajos con las imágenes del satélite SAOCOM, cuyo radar SAR permite ver a través de las nubes. Se trata de una herramienta muy valiosa, dadas las condiciones meteorológicas de la Antártida.

Imagen del Satélite SAOCOM 1A / SIASGE del 7 de marzo de 2019 que muestra la ubicación del Irízar, señalado en el círculo rojo.
Imagen del Satélite SAOCOM 1A / SIASGE del 7 de marzo de 2019 que muestra la ubicación del Irízar, señalado en el círculo rojo.

Imagen del Satélite COSMO SkyMed / SIASGE del 08 de marzo de 2019 con la ruta realizada por el Irízar.
Imagen del Satélite COSMO SkyMed / SIASGE del 08 de marzo de 2019 con la ruta realizada por el Irízar.

“Los profesionales de la CONAE se pusieron a trabajar con todas las pilas y me mandaron imágenes todos los días. Trabajaron a sol y a sombra, sábados y domingos. Se tomaron el trabajo de cortarlas por pedacitos porque son muy pesadas. Así yo podía recibirlas y armarlas perfectamente en el buque. Las analizaba y le informaba al comandante sobre dónde estábamos, qué campo de hielo íbamos a tener o qué podía venirse”.

Frulla agrega: Junto a mi equipo nos solidarizamos y nos pusimos a trabajar urgente. La desesperación nos contagió. Pedí que se tomaran imágenes cada vez que el satélite pasara por el lugar y que se las enviáramos a Beatriz hasta que el buque lograra regresar al continente. Tratábamos de obtener unas seis imágenes por día porque dependíamos de las posibilidades del satélite. Recién estábamos iniciando la etapa de pruebas y ajustes, y no en todos los casos el instrumento podía adquirir".

Fueron aproximadamente 20 días de trabajo para atravesar el hielo. Gracias a las imágenes satelitales no sucedió nada malo, advierte Beatriz, y aclara: “Es que hay que tener muchas cosas en cuenta. En algunas bases de la Antártida las embarcaciones tienen acceso por agua y por aire. Marambio está ubicada a 200 metros de altura. La única forma de operar es con helicóptero. Entonces las condiciones meteorológicas tienen que ser muy buenas como para que el helicóptero salga, descargue y vuelva”.

La ayuda desde el espacio

Beatriz comenta: “En la década de 1970, cuando empecé a trabajar en el buque recibíamos imágenes que no tenían nada que ver con las de ahora. La nueva tecnología del SAOCOM, con la aparición de los satélites radar, es maravillosa por la capacidad de atravesar las nubes, por la continuidad y la resolución. Podemos incluso identificar la posición del buque y verlo perfectamente alrededor del hielo. Además el SAOCOM es operativo. Ni bien reciben las imágenes, las procesan y me las envían.

Pese a estar jubilada a Beatriz aún le quedan cuentas pendientes: “La Antártida se extraña. Quiero visitar un témpano enorme que derivó y se quedó varado en el sur del mar de Weddell, que tiene casi 80 x 70 km. Es un trapecio medio cuadrado que está varado en el sur desde 1990. Una isla”.

La visión radar

Los Satélites SAOCOM 1A y 1B fueron desarrollados y fabricados por la CONAE junto con organismos y empresas como la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), la firma pública VENG S.A. e INVAP contratista principal del proyecto. Con la colaboración de la Agencia Espacial Italiana (ASI) y participación de numerosas empresas de tecnología e instituciones del sistema científico-tecnológico del país.

La misión SAOCOM lleva al espacio una compleja tecnología de observación de la Tierra. Se trata de un instrumento activo que consiste en un Radar de Apertura Sintética (SAR, por sus siglas en inglés de Synthetic Aperture Radar), que trabaja en la porción de las microondas en banda L del espectro electromagnético.

Los satélites SAOCOM fueron especialmente diseñados para obtener información de la superficie terrestre en cualquier condición meteorológica u hora del día. Esto es posible por la frecuencia de microondas del radar, capaz de atravesar las nubes y “ver” aunque esté nublado, y también porque la antena cuenta con su propia fuente de iluminación a bordo, y así puede observar tanto de día como de noche.

Una vez que el SAOCOM 1B sea puesto en órbita se sumará al SAOCOM 1A en el SIASGE, un sistema de observación de la Tierra único en el mundo que suma las capacidades de los dos satélites argentinos SAOCOM de banda L y los cuatro satélites italianos COSMO-SkyMed de banda X. Además, se potenciará la capacidad de obtención de imágenes.