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Dan Beninson, el científico argentino que impulsó el desarrollo mundial de la protección radiológica

Genial. Difícil. Apasionado por la investigación y la educación. Referente mundial en radioprotección. El perfil de Dan Jacobo Beninson resalta como una de las personalidades que hicieron camino y dejaron huella en el sector nuclear de nuestro país.


“Imaginate si después de Nerón hubieran decidido abolir el fuego. Lo importante es cómo se usa”. El autor de esta frase es Dan Jacobo Beninson, el científico argentino que hizo aportes fundamentales para el uso seguro de la energía atómica en nuestro país y en el mundo. Este 21 de agosto se cumplen 20 años de su muerte, pero sus enseñanzas siguen vigentes.

El doctor Beninson fue uno de los pioneros en el desarrollo de la protección radiológica y la seguridad nuclear: le mostró al mundo cómo aprovechar en forma segura los beneficios de las radiaciones ionizantes, protegiendo de sus efectos a las personas y el medio ambiente.

Se recibió de médico en la Universidad de Buenos Aires en 1954. Su padre, Manuel Beninson, era ingeniero electricista y oficial de la Armada y desde 1953 se desempeñaba como Secretario Científico de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA). Además, en 1952 había integrado la comisión investigadora enviada a la Isla Huemul, en Bariloche, para hacer un informe sobre las actividades del científico Ronald Richter, quien aseguraba que había logrado una fusión nuclear termocontrolada.

En 1955, Beninson hijo también ingresó a la CNEA, donde se inició como investigador y coordinador del Departamento de Radioisótopos y Radiofísica. Pero su futuro inmediato estaba en los Estados Unidos, donde obtuvo un doctorado en Física Aplicada en el Donner Laboratory de Berkeley, precursor de la investigación del uso de la energía atómica en Medicina y Biología. Después nunca dejó de estudiar: como autodidacta, se formó en Física y Matemática.

Eximio jugador de ajedrez, mientras vivía en California solía jugar partidas rápidas o “ajedrez ping pong” con Bobby Fischer, quien por entonces tenía 14 años. De uno de esos encuentros queda como testimonio este relato publicado por la revista The New Yorker el 30 de agosto de 1957: “El joven Fischer, de quien descubrimos que era un muchacho larguirucho con una cara traviesa, más bien faunística, estaba jugando contra un hombre corpulento y elegante de veintitantos años, un argentino llamado Dr. Dan J. Beninson quien, según nos dijeron, es secretario del Comité Científico de las Naciones Unidas sobre los Efectos de la Radiación Atómica”.

Efectivamente, por aquellos años, Beninson era el secretario general del Comité Científico para el Estudio de los Efectos de las Radiaciones Atómicas (UNSCEAR) dependiente de la ONU, del que más adelante, entre 1962 y 1964, sería presidente. Su tarea en ese comité fue clave para revelar que los ensayos nucleares que realizaban las grandes potencias tenían un impacto radiológico global. Además, en 1959 formó parte del panel de expertos del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) que trabajó en la determinación de material radiactivo en la biosfera.

En 1958, Beninson había vuelto a la CNEA para hacerse cargo del grupo abocado a lo que más tarde se llamó protección radiológica. En 1998 llegó a ser presidente del organismo. Pero en el medio desarrolló una carrera que lo tuvo como protagonista en las principales instituciones de radioprotección del país y del mundo, como la Sociedad Argentina de Radioprotección, que él mismo fundó y presidió, o la Comisión Internacional de Protección Radiológica (ICRP).

También integró el grupo de expertos que redactó las Normas Básicas de Seguridad para Protección Radiológica del OIEA en los años 60. Además, fue uno de los impulsores de los principios básicos de la radioprotección establecidos en 1990 por la Comisión Internacional de Protección Radiológica (ICRP). Antes, en 1986, había formado parte del primer grupo de expertos convocados para analizar las consecuencias del accidente de Chernobyl.

El científico, el personaje y el mito

Por su rol en los organismos internacionales, Beninson vivió varios años en Viena, Austria. Pero su casa natural, a la que siempre volvía, era la CNEA y después, el Ente Nacional Regulador Nuclear (ENREN) y su sucesora, la Autoridad Regulatoria Nuclear (ARN), institución que él contribuyó a crear y que presidió entre 1997 y 1998. En estos organismos ofició de maestro, jefe temido y estricto y personaje omnipresente, con sus infaltables habanos.

Cuentan que solía desafiar a quien se cruzara en su camino con problemas de Física o Matemática.

El vicepresidente 2° de la ARN y licenciado en Ciencias Químicas Antonio Oliveira trabajó con él tanto en ese organismo como en la CNEA. “Ingresé a la Comisión Nacional de Energía Atómica como técnico químico en 1977, en lo que después fue la División de Higiene Radiológica Pública. A Dan lo conocí dos años después, cuando visitó al Centro Atómico Ezeiza, adonde solía ir a dar charlas. Tenía una personalidad que al principio podía chocar. Era “EL” doctor Beninson, con su famoso habano, y creo que nunca lo vi sin su traje azul. Tenía un tono de voz muy serio que imponía cierto respeto. Pero más respeto imponía su conocimiento de los temas y la forma en que los explicaba. Era un excelente docente”.

Oliveira cuenta que, en el trabajo, Beninson era enérgico y autoritario: “No concebía que las cosas se hicieran sin ganas o sin voluntad. Era muy devoto de la meritocracia. ‘El que se esfuerza, se sacrifica y estudia es el que vale’, decía. Y se transformaba cuando veía que alguien se preocupaba por aprender o buscar información. Pasabas de ser un perfecto desconocido a ser alguien a quien le brindaba su apoyo y colaboración. Además, cuando alguien quería estudiar y no podía por razones económicas, él le aportaba dinero mensualmente para que pagara sus estudios”.

Y agrega: “Le importaba la formación de recursos humanos y tenía una mirada a futuro. Trataba de ir seleccionando a personas que con el tiempo suponía que podían ir reemplazando a los más viejos y les brindaba oportunidades”.

La contracara es que era muy poco paciente con las personas que “no entendían”. “La ARN tenía un directorio técnico, pero había un par de integrantes políticos -explica Oliveira-. Frente a ellos, Beninson se esmeraba en hablar particularmente difícil, en términos matemáticos y físicos, y no tenía ningún reparo en pararse y empezar a dibujar integrales en el pizarrón. Nosotros seguíamos sus pasos sin discutir, porque sabíamos que tenía razón en todo; él sabía de lo que estaba hablando y tenía acceso a más información que nosotros”.

Aquellas personas que lo trataban socialmente se encontraban con otro Beninson. El fanático de la serie Inspector Morse o de las comedias musicales estadounidenses. El sibarita. “Disfrutaba mucho la comida. También era muy generoso: juntaba gente en una cena y no dejaba que nadie pagara un centavo. Eso sí, pretendía que uno comiera ciertos alimentos de la manera en que él decía que se tenían que comer. Como el arroz en determinado punto. Podía estar horas contando anécdotas de su vida y charlando en la mesa, mientras pedía más comida. Era muy agradable en esas circunstancias”, recuerda Oliveira.

En el libro “La mirada vigente”, publicado en 2013 para homenajear a Beninson a diez años de su muerte, su discípulo Abel González lo describe como un intelectual que amaba descubrir la cultura culinaria de los países que visitaba y estudiar idiomas. El Gordo, como lo llamaban cariñosamente, dominaba el inglés y el francés, estudiaba japonés y tenía conocimientos de sueco y de farsi.

Pocos días después de la muerte de Beninson, en una edición homenaje de la revista de la Sociedad Argentina de Radioprotección publicada en septiembre de 2003, el ingeniero Alejandro Placer lo evocó con otra anécdota. En camino hacia Malargüe, se detuvieron en un bar en Realicó, La Pampa, donde unos parroquianos disputaban un partido de billar. Cuando terminaron, Beninson se acercó al ganador y lo desafío a jugar con él por una cerveza. El hombre aceptó y Dan le ganó con facilidad. Después, les explicó a sus sorprendidos compañeros de viaje: “Jugué alguna vez al billar durante el secundario. Es muy simple. Sólo es necesario aplicar las ecuaciones de impulso y cantidad de movimiento, como en el caso de interacción de los fotones cuando se produce el efecto Compton”.

El 15 de abril de 1996 fue distinguido con el premio Sievert, el máximo galardón internacional en radioprotección, otorgado por la Asociación Internacional de Protección Radiológica (IRPA). Fue tal la importancia de Beninson, que esa fecha quedó instituida como el Día de la Protección Radiológica en América Latina y el Caribe.

A nivel local, en 1983 recibió el premio Konex por sus trabajos en Física y Tecnología Nuclear.

Dan Jacobo Beninson murió el 21 de agosto de 2003, a los 72 años. En su homenaje, el Instituto de Tecnología Nuclear que desde 2006 funciona en el Centro Atómico Ezeiza lleva su nombre. De esta manera, permanece asociado a la enseñanza, una de las actividades que más lo apasionaron.

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