Discurso del Dr. Nicolás Avellaneda al recibirse de la presidencia de la República
Congreso Nacional
12 de octubre de 1874
Señores Senadores y Diputados:
He venido en el día designado por la ley a prestar el juramento que la Constitución impone al elegido del Pueblo, al tomar posesión del cargo de Presidente de la Nación. Acabo de prestar ese juramento en este recinto, donde hace doce años se dictan las leyes que obedece la República. Queda así demostrado que la anarquía y la traición vaticinaron en vano, que sus esfuerzos resultan impotentes, porque a pesar de las perturbaciones que hacen doblemente solemne y grave este día, la vida constitucional no se interrumpe y la trasmisión del mando se verifica, abriéndose un nuevo período presidencial bajo las formas ordenadas de la legalidad.
El 12 de junio los electores reunidos en cada una de las catorce provincias argentinas, emitían sus sufragios nombrando Presidente y Vicepresidente de la República; y propios y extraños, los pueblos mismos que nos rodean, asistían con curiosidad anhelosa al desenlace del gran movimiento electoral que tan hondamente había removido los espíritus en nuestro país.
Las pasiones sublevadas no se calmaron, empero ante la ley. Tuvimos entonces, por el contrario, un espectáculo que no tiene otro ejemplo en la historia de pueblos que viven bajo el imperio de gobiernos regularmente establecidos. Los agentes revolucionarios empezaron a cruzar en todas direcciones el territorio de la República –Generales, valiéndose de los ardides de la perfidia, se dieron cita para la traición. Se conspiró a la luz del sol, y la prensa señalaba día por día la pauta que los conjurados debían seguir. Todo esto fue tolerado, y el partido vencedor, al que se atribuía un carácter procaz y violento, se hallaba, sin embargo, ejerciendo el poder en casi todas las provincias.
Se anunciaba la revolución y no se creyó en tamaña insanía. ¿Cómo no pensar que impusiera respeto el espectáculo de nuestra joven República, abierta a los progresos y a la libertad? Era imposible imaginar que se intentara arrebatarle estos bienes tan cruentamente adquiridos después de sesenta años! –No se quiso usar de los medios de represión, para no irritar los despechos ni embravecer las pasiones, confiando en que el patriotismo y el sentimiento del deber se harían oír antes de la ejecución de los siniestros designios.
El acrecentamiento de la población, la disminución numérica de los indios, la repetición de los hechos que nos muestran que son capaces de someterse a la disciplina de una reducción pacífica, han inducido el convencimiento general de que debe darse nueva base a la defensa de las fronteras, y apenas es necesario decir que el acto administrativo o la ley, no tardarán en seguir el movimiento impreso por la opinión. Sucede lo mismo con los otros asuntos que pertenecen al régimen administrativo de la Nación, y sobre los que hay verdaderamente formado un juicio público.
Tendremos pronto, señores Senadores, señores Diputados, otro espectáculo: el espectáculo de la vida normal, que proseguirá su curso, marcando cada día con un nuevo adelanto. Continuaremos contando los kilómetros de las vías férreas, los vapores y los millares de hombres que llegan a nuestros puertos; extenderemos las líneas telegráficas por las fronteras lejanas, que han podido encubrir motines de cuartel, porque las hemos dejado fuera de nuestra inspección cuotidiana.
NICOLÁS AVELLANEDA
Podés escuchar el discurso del presidente Avellaneda aquí
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