Bicentenario de la Batalla de Ayacucho: el último combate de la Guerra de la Independencia
El 9 de diciembre de 1824, las fuerzas patriotas, al mando del mariscal Sucre, derrotaron al ejército realista en la Pampa de Ayacucho, Perú.
En la plaza República del Perú, se conmemoraron los 200 años del combate que significó el fin del dominio español en Sudamérica: la batalla de Ayacucho.

La ceremonia contó con la participación de cuatro escuadrones montados y la Fanfarria Militar "Alto Perú" del Regimiento de Granaderos a Caballo. Estos acompañaron al ministro de Defensa, Dr. Luis Petri, autoridades de las tres Fuerzas Armadas y el agregado militar del Perú en Argentina.

Durante la formación, el funcionario peruano hizo uso de la palabra; a su vez, se colocó una placa recordatoria y una ofrenda al pie del busto del coronel Francisco Bolognesi.

La última carga del Regimiento de Granaderos a Caballo
Al amanecer del 9 de diciembre de 1824, el general Antonio José Francisco de Sucre comandó a 4500 colombianos, 1200 peruanos y casi un centenar de argentinos, quienes representaban el último bastión del Ejército de los Andes. “De los esfuerzos de este día depende la suerte de la América del Sur”, arengó Sucre cuando recorrió la primera línea de sus tropas.
La derecha estaba comandada por el general José María Córdoba, con cuatro batallones colombianos; el centro, a órdenes de Guillermo Miller, contaba con los escuadrones peruanos Húsares de Junín, los regimientos de Granaderos y Húsares de Colombia, además del escuadrón de Granaderos a Caballo de Buenos Aires. Finalmente, a la izquierda, al mando del general José de La Mar, se agolpaba la legión peruana y los batallones 1, 2 y 3 de Perú. No llegaban a reunir más que 6000 soldados, contra 9300 españoles.

A las 8 de la mañana, el general español Juan Antonio Monet, acompañado de su ayudante de campo, se adelantó a las posiciones patriotas. Le propuso al general Córdoba que, dado que en ambos ejércitos había jefes y oficiales ligados por lazos de amistad o parentesco, se permitiera “darse un abrazo antes de rompernos la crisma”. Con la autorización de Sucre, cerca de 100 oficiales se saludaron caballerosamente.
A las 9:00, comenzó la acción con fuegos intermitentes y el intercambio de algunos cañonazos. Fueron los españoles los que dieron el primer paso, justo lo que esperaba Sucre para aprovechar el error enemigo.
Las fuerzas realistas avanzaron con su centro y su izquierda, mientras intentaban con su derecha rodear al ejército patriota. El que comandaba el centro enemigo era el propio virrey José De la Serna e Hinojosa, quien cometió un error estratégico: maniobrar en un espacio reducido y acometer contra posiciones fuertemente ocupadas, al alcance del fuego patriota y a plena luz del día.

Por el flanco izquierdo, el general realista Alejandro González Villalobos arremetió contra los hombres de Córdoba, quien logró frenar el ataque. Simultáneamente, el general Gerónimo Valdés dirigió una ofensiva contra las fuerzas del general La Mar. En respuesta, Sucre envió a la división de Lara en su auxilio.
El español Monet, que comandaba el centro, ordenó a sus fuerzas cruzar un zanjón que dividía al medio el campo de batalla. Algunos soldados lograron sortearlo, pero la feroz arremetida del coronel argentino Manuel Isidoro Suárez, al mando de los Húsares de Junín y los Granaderos de Buenos Aires, desató un ataque tan devastador que arrojó a los españoles dentro del zanjón, generando confusión y pánico en el enemigo. Aquella sería la última carga de los granaderos de San Martín por la libertad de América.
Mientras tanto, la arenga de Córdoba terminó de quebrar la división realista al mando del general Valdés: “¡División de frente! Armas a discreción. ¡Paso de vencedores!”.
Cuando la división de Monet fue desbaratada, el propio virrey se lanzó al grito de “Fernando VII”. Sin embargo, su caballo fue derribado y él mismo fue hecho prisionero junto a un millar de soldados.

En una lucha cuerpo a cuerpo, a bayoneta calada, la división de Córdoba empujó a los confundidos realistas hasta el pie del cerro Condorcanqui.
Eran las 13:00 y los españoles habían sido derrotados. Sufrieron 1400 muertos y 700 heridos; la mayoría fueron tomados prisioneros, salvo un grupo de 500 hombres que logró escapar. Los patriotas tuvieron 309 bajas y 660 heridos.
Con el virrey prisionero y seriamente herido tras combatir cuerpo a cuerpo, el que decidió la capitulación fue el general José de Canterac, jefe de la reserva.
Las guarniciones realistas acantonadas en distintos puntos del territorio aceptaron la capitulación. Los últimos que se negaron a dejar las armas se rindieron el 16 de enero de 1826. Fue así como terminó el dominio español en América.
