Presidencia de la Nación

Desde este día adelante Revoluzion

La historiadora Bárbara Caletti reflexiona sobre "Diario de un soldado", una voz anónima durante el periodo revolucionario.


Bárbara Caletti Garciadiego

Universidad de Buenos Aires - Instituto Ravignani


Escuchá el artículo


Quien se asome desprevenidamente a hojear el Diario de un Soldado por primera vez, muy probablemente caiga bajo sus embrujos. Este singular documento, editado como libro en 1960 por el Archivo General de la Nación en ocasión del Sesquicentenario de la Revolución de Mayo, posee varios encantos de los que resulta muy difícil escapar.

En primer lugar nos atrapa por su contenido: escrito como diario entre junio de 1806 y mayo de 1810, allí se narran en un tono coloquial pero minuciosamente los acontecimientos ocurridos en la ciudad de Buenos Aires entre la primer invasión inglesa y la formación de la Primera Junta. Algo atropelladamente, a veces con inexactitudes y no pocas perplejidades, el Soldado registra la llegada de noticias de Europa y otras ciudades americanas y sus efectos en el marco local, los enfrentamientos con los ingleses y la organización de este nuevo actor que constituyen las milicias, las disputas entre las distintas autoridades y el especial rol político que asume el Cabildo, los rumores y pasquines que conmueven la ciudad…

El autor participa de esos hechos, que intuye extraordinarios. No casualmente, las últimas palabras registradas en sus más de 300 fojas son “desde Este día adelante Revoluziónˮ. Sin embargo, a diferencia de las memorias y autobiografías de la época con las que contamos, el Diario no busca justificar ni dar coherencia a sus actos a posteriori. Por el contrario, nuestro soldado anónimo ha comenzado a registrar todo aquello que le llama la atención desde el momento en que se entera que unos buques desembarcarían en Quilmes, sin saber siquiera si eran británicos, portugueses o americanos; hasta el mismísimo 18 de mayo de 1810, día de la última entrada. Se trata de un documento invaluable y fascinante, pues nos aporta una mirada no retrospectiva y despojada de toda presunción teleológica de una de esas coyunturas donde el tiempo se acelera. Y no de cualquier coyuntura, sino de los albores del acontecimiento histórico sobre el que se erigirá el mito fundante de la nación.

Sin dudas, otro de sus encantos son sus ostensibles —e imborrables— marcas de oralidad, omnipresentes a lo largo de todo el texto. Los prolíficos “se dize queˮ, “Coren vozesˮ, “emos savidoˮ logran ese efecto de huella en bruto que se tiene al sumergirse en un archivo. Aún cuando leamos el Diario en su versión impresa, nos genera una sensación de realidad que usualmente invade a quien revisa documentación manuscrita, como si se tratara de una verdad más tangible que otras, como si pudiéramos viajar en el tiempo y casi escucharlo.


Última página del escrito titulado "Diario de un soldado" (Copia). Archivo General de la Nación, fondo Ernesto H. Celesia Código: AR-AGN-EC01-2467

Pero la mayor excepcionalidad de esta crónica, lo que hace de este texto un documento excepcional, es que nos acerca —de manera bastante fidedigna y sin las intermediaciones propias de la documentación judicial— a las representaciones e ideas que tuvieron las clases populares sobre el proceso revolucionario. En realidad, es poco y nada lo que sabemos del autor, pues la única pista que tenemos es que se trata de un varón miliciano del Regimiento 5° de Patricios. Si bien su carácter humilde no es del todo seguro (finalmente se trata de alguien que sabe escribir en un contexto en el que estaba muy poco extendida la alfabetización fuera de los sectores de elite), su rudimentaria cultura letrada, su caprichosa ortografía y, más aún, la manera en que da cuenta del clima imperante en la ciudad, nos brinda un observatorio privilegiado de los ‘sentires’ de la plebe porteña.

En ese sentido, su narración de los sucesos no deja lugar a dudas. Allí ʻel puebloʼ aparece politizado y participando activamente de los acontecimientos sin que se vislumbre ni menosprecio, ni recelo o temor frente a la movilización subalterna. Así el Soldado invoca los gritos de la multitud en el Cabildo Abierto de agosto de 1806, cuando el Obispo preguntó “si eran gustosos que fuesen governados por Sobremonte y viniera a esta ciudad todos respondieron que nó nó nó nó no lo queremos nunca muera ese traidor nos a vendido es desertorˮ. También es clara su paulatina identificación como americano enfrentado al poder colonial al calor de los hechos. Si al principio del relato el autor se identifica con el valor español frente a los invasores británicos, para 1810 ya no hay dudas de las crecientes prevenciones contra los peninsulares al tiempo que “…se esta ablando cada dia con libartad que se quiera quitar el mando al Señor virey y que la Real Audiencia es sumamente perjudicialˮ.

Aunque no sabemos qué fue del Soldado que nos dejó tan prodigioso testimonio de la movilización popular en la crisis del orden colonial, una cosa que parece cierta: si dejó la pluma fue para cumplir su palabra y hacer efectivamente una revolución.

Publicado originalmente en 2021, en Inspiraciones: pensamientos desde archivos.

Descargas

Scroll hacia arriba