Presidencia de la Nación

Lustrabotas de Avenida

María Isabel Baldasarre reflexiona sobre el rol de la moda en el análisis histórico-social a partir de una fotografía conservada en el Archivo General de la Nación.


María Isabel Baldasarre

Historiadora del arte, Directora Nacional de Museos, Secretaría de Patrimonio, Ministerio de Cultura de la Nación.

Trece hombres posan para alguno de los fotógrafos de la revista Caras y Caretas el jueves 28 de febrero de 1907, tal como precisa el almanaque que cuelga en el lateral izquierdo de la toma. Se encuentran en un salón de lustrabotas ubicado en la Avenida de Mayo 732, decorado con afiches de resabios art nouveau: un poster de Cigarrillos París diseñado por el pintor Pío Collivadino en 1901 y uno de vermut Cinzano, obra de Adolfo Hohenstein, fechado en 1898. Más allá de la supuesta afinidad entre estos productos y la virilidad esperable entre quiénes transitaban o frecuentaban el local es interesante pensar como la difusión de una cultura visual moderna se había extendido tanto por Buenos Aires al punto de inundar las paredes de los recintos más diversos. Estratégicamente ubicado en primer plano, el gramófono terminaba de consolidar al salón como espacio de distracción masculina, al que los clientes acudían para acicalarse el calzado, pero también para fumar, conversar o pasar el rato, habilitando el cruce entre los diferentes mundos sociales.

La foto simulaba una instantánea, pero la disposición de los cuerpos y cruces de miradas revelan su estatuto de construcción y el tiempo suspendido de la pose. Casi todos sus protagonistas observan fijamente a la cámara, el muchacho de la derecha incluso voltea su cabeza y sonríe, volviendo evidente el pacto implícito entre productor de la imagen y modelo. Así, los cuatro imberbes lustrabotas, los cinco clientes, los curiosos y el dueño perfomatizan cada uno su rol dentro del comercio.


Salón de lustrado de calzado, Avenida de Mayo 723. Buenos Aires, s/f. Archivo General de la Nación, fondo Acervo Gráfico, Audiovisual y Sonoro. Código: AR-AGN-AGAS01-Ddf-rg-564-12676

De pantalones y sacos oscuros, los cuatro clientes de mayor edad llevan bombín o sombrero de fieltro y tres de ellos cuellos de camisa con moño o corbata. El del medio, fumando en boquilla y con ceño adusto, apenas ostenta un pañuelo alrededor de la garganta. De los cinco, es el que con menos éxito replica los parámetros de la vestimenta burguesa. No tiene chaleco ni cuello desmontable, ni siquiera puños de camisa. El más joven, un adolescente de la misma edad que los lustrabotas, es el más moderno del grupo. De chaleco y pantalón claros a juego, saco oscuro, cuello rígido, corbata y botines acordonados, sobresale por su sombrero canotier, accesorio elegante, formal y a la moda del vestir masculino durante la estación veraniega, promocionado como novedad por tiendas como Gath y Chaves o Llusá entre $2.25 y $4.50. Los gestos y las ropas de los cinco corporizaban los ideales hegemónicos de la masculinidad de entonces: serios, sin resabios de emocionalidad, el rostro tenso del hombre que fuma parece alerta para increpar a quien fuese necesario.

Los lustradores solo llevan camisetas o camisas arremangadas, pantalones arrugados o demasiado largos para su tamaño. Dos tienen pañuelitos anudados al cuello, los zapatos con poco brillo y abundante uso. Por su parte, el observador con bigotes de la extrema izquierda muestra en qué medida el traje de negocios se había vuelto mayoritario como hábito masculino en el cambio del siglo. Sin embargo, su saco era algo largo y el pantalón adolecía del dobladillo adecuado a su figura revelando que no habían sido confeccionados a medida. Mientras tanto, el dueño del local se distinguía por un brillante reloj de bolsillo que colgaba con descuido de su chaleco, él también estaba en mangas de camisa, prenda entonces considerada de ropa interior.

Si las mujeres contaban con recursos para producir su ropa de forma casera, el traje masculino o los ítems como saco, chaleco y pantalón en general se compraban hechos. Estos jóvenes que ganaban su sustento abrillantando calzado ya habían traspasado las puertas de la adultez y abandonado las ropas de niño ejecutadas por sus madres. Sin recursos para adquirir artículos de primera mano, probablemente los habían heredado de padres o hermanos mayores o se las habían provisto en algún baratillo de la ciudad.

La indumentaria no es algo accesorio que simplemente nos ayuda en el presente a datar una fotografía. Las elecciones y posibilidades vestimentarias contribuían a cimentar las jerarquías, los roles y el proceso de distinción operado entre este conjunto de varones, como lo hacían en casi todos los grupos sociales de entonces. Prestar atención a sus detalles nos sirve para revisar como la democratización de la apariencia burguesa que se supone mayoritaria entre los sectores urbanos de comienzos del siglo fue más bien la democratización del deseo por estar y verse bien vestidos.

Para Inspiraciones: pensamientos desde archivos. Bicentenario del Archivo General de la Nación.


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