Presidencia de la Nación

Expedición al Río de la Plata

Lancelot Holland
1807


Abrimos las puertas a cañonazos y apostamos a nuestros fusileros en toda la parte superior del edificio para ahuyentar a los españoles que desde los techos de las casas vecinas nos hacían fuego sin cesar; pero no lo logramos. Todavía teníamos bastantes esperanzas. En la catedral (que se llama Santo Domingo) encontramos el pabellón del regimiento 71°, que Pack se alegró muchísimo de recuperar.

Habíamos esperado hallar la catedral llena de soldados; sin embargo, había muy pocos. En cambio encontramos muchos monjes y frailes, muy asustados; dos de ellos estaban malheridos: uno había perdido un brazo, el otro tenía un balazo en el pecho. Juntamos a todos y los pusimos, con la platería y otros objetos de valor que había en los altares del templo, bajo custodia especial. Se hacía difícil impedir el pillaje: la catedral era rica y magnífica.

Entretanto el enemigo nos hacía fuego desde cada ventana o agujero, hiriendo a muchos de los nuestros. No teníamos noticias del resto de las tropas y el enemigo estaba ubicando cañones a nuestros alrededores. Entramos en la catedral a eso de las ocho; a mediodía, Liniers envió un edecán para intimarnos a rendirnos, y comunicarnos que el ejército había sido derrotado y que el 88° estaba prisionero.

Al ver que el enemigo se nos acercaba demasiado y que traía cada vez más piezas de artillería, se resolvió tomar la iniciativa y atacarlo. (...)

Durante la matanza, el enemigo sufrió escasas bajas; retrocedía o avanzaba sucesivamente, disparando con frialdad y precisión. Nuestras tropas recibieron orden de regresar. (...)

Habiendo convenido los coroneles Guard y Pack con el general Craufurd en que no teníamos otra salida que rendirnos, se estableció con el tal Illio que nos entregaríamos como prisioneros de guerra.

Se nos ordenó salir desarmados. Fue un momento amargo para todos nosotros: los soldados tenían los ojos llenos de lágrimas. Se nos hizo marchar a través de la ciudad hasta el Fuerte.

Nada podía haber sido más mortificante que nuestro paso por las calles en medio de la chusma que nos había vencido. Eran individuos de piel muy morena, cubiertos de harapos, armados con mosquetes largos y algunos con espadas. No había el menor asomo de orden ni uniformidad entre ellos. (...)

(...)
Caminando por la ciudad, lo que más llama la atención es su tamaño y la regularidad de las calles. Esto último aumenta, desde el punto de vista militar, la fortaleza de las ciudades, porque de ese modo la artillería cobra pleno efecto. Las casas parecen edificadas más con la intención de construir una buena defensa que de proporcionar comodidad. Ventanas pequeñas y enrejadas, pUertas gruesas y con sólidos cerrojos, azoteas perfectamente lisas, parapetos, troneras y travesaños; las azoteas se intercomunican con las casas adyacentes.

(...)
Las calles de Buenos Aires son todas paralelas y se cortan en ángulos rectos, formando cuadrados casi iguales entre sí. Las casas están hechas de ladrillo y, con vistas a la defensa, las paredes son gruesas, las ventanas tienen barras de hierro, las puertas fuertes cerrojos. Las azoteas son lisas, con un parapeto de dos pies de altura y troneras. Están intercomunicadas.

De las casas fue de donde más sufrimos el ataque; desde allí llovían disparos de mosquete y granadas de mano sobre nuestras columnas que causaban enormes estragos. Era difícil forzar una casa, y cuando se lo lograba, el enemigo huía para retornar si no la ocupábamos; así todas las partes de las columnas sufrían el embate por igual.

(...)

Un costado del templo está formado por portones de madera: hacia ellos dirigió el enemigo su fuego, hasta que no hubo lugar seguro ni siquiera para los heridos.

Las mujeres, en su mayoría, se habían retirado al campo, con gran cantidad de muebles y vajilla. También el Arzobispo se ausentó, pero el 7 regresó.

Podés escuchar el texto de Lancelot Holland aquí

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