El antipersonalismo

El radicalismo antipersonalista surgió en 1924 como una corriente interna de la Unión Cívica Radical opuesta al liderazgo de Hipólito Yrigoyen. Sus dirigentes cuestionaban la concentración de poder en figuras individuales y defendían una organización partidaria basada en instituciones y mecanismos colegiados de decisión. Su crecimiento estuvo estrechamente ligado al rechazo de las prácticas políticas asociadas al liderazgo personalista de Yrigoyen.
Tras el golpe de Estado de 1930, los radicales antipersonalistas adquirieron mayor protagonismo al integrarse a la Concordancia. Desde allí ocuparon ministerios, gobernaciones y otros cargos de relevancia dentro de la administración pública.
Pese a su acceso a la presidencia con Roberto M. Ortiz el antipersonalismo no logró desplazar completamente el predominio de los sectores conservadores dentro de la coalición gobernante. Su influencia política resultó importante, aunque siempre limitada por los equilibrios internos de la alianza gobernante.