José Manuel Moneta


José Manuel Moneta fue un diplomático y técnico del Servicio Meteorológico Nacional de Argentina que intervino en las expediciones a las islas Orcadas del Sur de los años 1923, 1925, 1927 y 1929. Dejó testimonio de ello en el libro Cuatro años en las Orcadas del Sur – que recibió el premio de la Comisión Nacional de Cultura y fue objeto de sucesivas reediciones – y, como diplomático, desempeñó en nombre del Gobierno argentino varias funciones vinculadas a la Antártida.

Luego de que el 2 de enero de 1904 se creara un observatorio meteorológico en las islas Orcadas del Sur en las instalaciones que había cedido el explorador escocés William Speirs Brucel partió la primera expedición que estuvo compuesta por cinco personas, de las cuales sólo una era argentino. Pasaron un año íntegro en la casa habitación de 9,50 x 5,50 metros. Moneta había leído en su niñez libros acerca de las expediciones polares e incluso durante un tiempo vivió en Tierra del Fuego, lo que incentivó su interés por las tierras antárticas. Teniendo en mira su propósito de viajar a la Antártida ingresó muy joven a la Oficina Meteorológica donde al cabo de casi cuatro años de trabajo y en base a la experiencia adquirida se postuló y fue aceptado para integrar la expedición de 1923.

Desde 1904 el observatorio había estado ocupado permanentemente con equipos que se renovaban anualmente y que permanecían aislados todo el año hasta su relevo dado que no contaban con transmisores de radio ni otro medio de comunicación. También carecían de asistencia médica porque no había personal sanitario entre sus integrantes por lo que en caso de cualquier contingencia quedaban librados a ellos mismos. Así, por ejemplo, en una de las expediciones en que un integrante sufrió un accidente y se le congelaron los dedos de la mano, el jefe de la expedición debió hacer – sin anestesia y con instrumentos rudimentarios – la amputación de ocho dedos para salvarle la vida, pues había aparecido una gangrena que no pudieron detener.

Moneta y sus compañeros fueron llevados en un transporte de la Armada Argentina hasta las islas Georgias del Sur y allí embarcaron en un buque ballenero que después de algunos días de navegación los dejó en el observatorio junto con las provisiones y combustible con los que deberían subsistir hasta que se produjera su relevo un año después. Moneta volvió a integrar los equipos que permanecieron en el observatorio durante los años 1925, 1927 -la primera que estuvo integrada totalmente por argentinos- y 1929, desempeñándose como jefe en las dos últimas ocasiones.

La expedición de 1927 fue de seis hombres pues incorporó al radiotelegrafista Suboficial de la Armada Argentina, Emilio Baldoni, que llevó un equipo de transmisión que fue instalado en la Base. A mediados del mes de marzo comenzaron los reiterados intentos de comunicación, pero los días fueron pasando sin escuchar una respuesta. Hasta el momento no se sabía si eso era factible, ya que la distancia y las inclemencias del tiempo eran factores desfavorables para la radiotelegrafía, teniendo en cuenta los equipos de aquella época. Cuando ya llevaban 11 días en tal situación y comenzaban a desmoralizarse, narra Moneta: “el 30 de marzo de 1927 … el manipulador impulsado por el firme puño de Baldoni decía: CQ… CQ…CQ… de LRT… LRT… LRT… Orcadas, Orcadas, Orcadas llamada general de las islas Orcadas del sur… de las islas Orcadas….contesten llamadas muy largas para poder sintonizar… llamada de Orcadas del sur…” de pronto cuando estaban por abandonar escuchan, siempre en lenguaje Morse: “LRT … LRT,,,” con el que les respondían desde la Estación LIK de Ushuaia, la ciudad más austral del mundo.”

Al día siguiente, en la Base se recibieron cinco despachos, uno de los cuales decía: “Moneta, Jefe Expedición. Islas Orcadas” – “Familias de todos bien” – “PLATE. Director Meteorología”. En esa forma quedaba roto el aislamiento de la Base y sus datos se empezaron a transmitir de inmediato a Buenos Aires para ser utilizados en los pronósticos, junto con la información proveniente del resto del país.

Las nuevas instalaciones permitían que en la Base se pudieran escuchar, aunque con mucha dificultad, algunas transmisiones radiofónicas del continente. Esto permitió que en la noche del 24 de mayo de ese año el diario La República y la emisora L.O.T. Olivos (que había sido seleccionada por ser la que mejor escuchaban en las islas) organizaran una audición especial durante la cual los orcadenses pudieron escuchar hablar a sus familiares.

El observatorio tenía como misión recoger en forma permanente y volcar en numerosas planillas los datos científicos que incluían la altura de la nieve, presión atmosférica, temperatura del aire, humedad relativa, tensión del vapor, nubosidad y forma de las nubes, fuerza y dirección de los vientos, visibilidad -con lo que se determina el grado de transparencia de la atmósfera-, cantidad de horas en que el sol ha brillado, etc., además de observaciones directas de magnetismo terrestre, esto es la declinación e intensidad horizontal y la inclinación magnética, todo ello con los instrumentos correspondientes, para lo cual debían turnarse en guardias porque algunas observaciones se realizaban cada cuatro horas. Además de las tareas de observación meteorológica y de mantenimiento de las instalaciones, los cinco integrantes también debían obtener parte de sus alimentos. Obtenían carne cazando cormoranes con escopeta y pingüinos y focas con palos y también recolectaban huevos de pingüino. En esa época las aves citadas no parecían correr riesgo de extinción y, tal como lo explica Moneta en sus libros, las alas de pingüino hechas “milanesas” en grasa animal o los huevos fritos de pingüino, fritos también en grasa animal, eran prácticamente para esa época los únicos alimentos posibles para los seres humanos durante el prolongado (medio año) invierno antártico. También observa Moneta que, aparte de los pingüinos emperadores, las únicas aves que pervivían durante el oscuro y heladísimo invierno antártico eran, precisamente, las palomas antárticas.