Recorrer los paisajes con nuevas lecturas


En el espacio de arte de la Biblioteca Nacional de Maestros se realizó el 23 de octubre una visita guiada por la muestra del artista Claudio Rikelme, de la mano de la profesora en artes visuales Carolina Delgado.

Las obras seleccionadas para esta muestra del artista rionegrino celebran la naturaleza con paisajes abiertos relativos a nuestras pampas: crepúsculos, alboradas y luminosidad sobre girasoles. El recorrido se detuvo puntualmente en 4 de sus 11 obras que forman parte de la última etapa de su vida, entre acrílicos y óleos sobre lienzo, en diferentes formatos y tamaños: “Los cardos”; “Tus raíces ancestrales”; “Álamos en La Bonita”; y “Girasoles”.

Su vínculo con la niñez a través de sus propios recuerdos, la paz que transmiten sus pinturas y la particularidad de su forma de firmar son algunas de las cuestiones que se abordaron en el recorrido guiado.Para la profesora Carolina Delgado “las visitas guiadas invitan a recorrer las obras de una manera más interactiva y permiten a los participantes relacionarse con ellas a través del diálogo y el intercambio.” Transitar en grupo una muestra, según Delgado, habilita a que “se elabore un recorrido posible, construyendo sentidos y compartiendo observaciones que enriquecen la lectura de la obra”.

La exposición, realizada en conjunto con la Galería Zurbarán y la Pinacoteca del Ministerio de Educación, Cultura, Ciencia y Tecnología de la Nación pudo visitarse durante todo el mes de octubre.

Conocer más sobre el pintor

Entre los aportes de recursos para leer las obras de arte, Carolina Delgado señala la importancia de la contextualización que ayuda a conocer un poco de la vida del artista y del momento histórico que lo atraviesa. “Se trata de elementos muy significativos para su apreciación” asegura la profesora.

Según Delgado, además de leer previamente lo más posible sobre el pintor para entender su forma de ver el mundo y de concebir el arte, es importante conocer su obra, verla en directo y acceder a lo emocional que transmite.

Claudio Rikelme nació en 1933 en Aguada de la Piedra, Río Negro, al pie de la cordillera de los Andes. Comenzó a pintar a los dieciséis años. Para ayudar a solventar la economía hogareña, trabajaba en los ferrocarriles y, cuando contaba con veinticuatro años, decidió probar suerte en Buenos Aires. Cursó un año de estudios en la Escuela Manuel Belgrano, pero finalmente la abandonó.

El gran dominio que tenía del dibujo le abrió las puertas al mundo de la publicidad, donde comenzó a desempeñarse como dibujante, y al poco tiempo se convirtió en director de arte de una editorial porteña. Dejó un gran cuerpo de obra que fue expuesta, premiada y reconocida durante toda su vida. A lo largo de 37 años realizó 24 exposiciones. Falleció en Buenos Aires en julio del 2006.

Enriquecer la mirada

Para aproximarse a la obra de Rikelme, Carolina Delgado comenzó la visita guiada con la obra “Los Cardos” y la lectura de un relato escrito por el propio artista: “Yo recuerdo que era un lugar hermoso, porque pienso que el lugar en el que uno nace siempre es hermoso. El cerro Tapiliuque fue el atalaya de mi infancia, arriba de ese cerro se veían cosas maravillosas, las nubes acariciaban las montañas, se producía la descomposición de la luz solar. Era todo como un caleidoscopio, muy atrapante.”

La profesora agregó que las pinturas de Rikelme “transmiten mucha serenidad, mucha calma. No se ven dramas ni turbulencias, utiliza paletas muy armónicas, y se puede apreciar mucha presencia de luz, de colores luminosos”.

Frente a la obra “Álamos en La Bonita” Delgado invitó a los espectadores a mirar la pintura de lejos para apreciar un paisaje simple, y luego a acercarse para observar cada una de las pinceladas y la gran cantidad de puntos que forman el color. Esta técnica consiste en el puntillismo que exploró la mezcla óptica.

El trabajo de Rikelme era lento, por lo que lo llamaban el “pintor lenteja”. Lograba captar algo del momento, luego sacaba fotos de los paisajes para finalizar la obra en el taller. Hubo años en los que consiguió terminar dos o tres obras y cada cuadro podía llevarle seis meses.

Durante la visita guiada, Delgado comentó que el artista se emocionaba mucho y lloraba: entendía que el llanto y lo húmedo eran una expresión de lo vital.

En la serie “Girasoles” se distingue una paleta más saturada, con más luz y color. En sus muestras se exponían dos o tres cuadros de girasoles que pintaba de distinta manera: abiertos y de frente, caídos y marchitos, y en otras posiciones.

Frente a la obra “Tus raíces ancestrales” la profesora se enfocó en la particularidad de la firma del pintor que se encuadra entre dos líneas paralelas sugiriendo la forma de una guarda indígena a partir de la que homenajea a sus ancestros, como una manera de volver a las raíces. “Nació en el sur y siempre volvió, eso es lo que transmite en sus cuadros, en sus pinceladas, en sus colores”, concluyó Delgado.