Presidencia de la Nación

Para el mismo lado, por Luis Sagasti

Este año celebramos el 170.° aniversario de la firma del Acuerdo de San Nicolás de 1852. Fue un pacto fundamental para el proceso de construcción de una unión duradera basada en el establecimiento de un Estado nacional federal. El escritor Luis Sagasti comparte un texto en el que reflexiona sobre el concepto de acuerdo.


En su texto Los conjurados, Jorge Luis Borges sostiene que, en un momento de su historia, los veintiún cantones suizos decidieron en un mismo movimiento soslayar diferencias y subrayar afinidades para terminar por construir una república oratoria donde, a falta de uno, son tres los idiomas en los que bien pueden resolverse sus problemas. Allá en los Alpes la razón gana, entonces, la partida: sus reglas eternas, sosegadas, asentadas en el bronce de los silogismos, han hecho de Suiza un modelo social solo para quienes ignoran, como parece hacerlo el propio Borges, la lógica del capital financiero (que con la ética suele llevarse un poco a las patadas) y las virtudes del secreto bancario. Una nación que tiene como héroe nacional a Guillermo Tell y es famosa por sus relojes no puede sino hacer del tiempo mercancía y de la exactitud, religión. Después de todo, no hay muchos países que alcancen su desarrollo y autonomía fabricando chocolate.

A nuestros conjurados de 1852 solo les bastó marcar el terreno de juego y ofrecer un reglamento para dar por terminada su tarea. No es cosa menor. Ese acuerdo mínimo es el que hace posible el juego político. Luego, la disputa, la discusión son siempre deseables: solo en las dictaduras la opinión es unánime e indivisa.

En su estado de queja casi permanente, el ciudadano de a pie suele repetir ciertas frases a modo de mantra: Por qué los argentinos no nos ponemos de acuerdo y tiramos todos para el mismo lado es una de ellas. Por supuesto, el mismo lado al que se hace referencia, un lado que casi nunca se explicita con claridad, es siempre el propio. Quienes hablan en modo grafiti jamás están dispuestos a reconocer que el otro puede alguna vez tener razón; las paredes de la historia no se pintan con la urgencia de los aerosoles, conviene recordar. Los acuerdos más perdurables demoran su tiempo en gestarse porque los problemas a enfrentar tienen, caramba, su propia complejidad. Pero básicamente, digámoslo desde ahora, es a partir del reconocimiento del otro como un igual lo que hace a las condiciones de posibilidad de cualquier acuerdo.

Precisamente, quienes enuncian esas verdades —presentadas siempre como sablazos irrefutables— suelen ignorar que los acuerdos ya fueron hechos, muy bien firmados están, y que es saludable y natural que no todos los ciudadanos tiren para el mismo lado. La sociedad solo puede avanzar si se encuentra partida, esto es, fragmentada en entidades de interés público conocidas como, precisamente, partidos políticos. Ellos articulan la participación ciudadana y contribuyen a su representación de acuerdo a distintos proyectos. Una sociedad que no se encuentra partida, una sociedad sin partidos, sin disidencia, es decir, homogénea, abroquelada, compacta y sin fisuras, donde la solidez de sus órdenes toma del mármol su dureza y solidez, es una sociedad estática, artificial, inmune a cualquier transformación; repele todo lo que por su naturaleza se presenta como cambio y sucesión. No es saludable tirar para el mismo lado porque es a partir del disenso donde las fuerzas creativas de una nación encuentran sus cauces más profundos, pero sí acordar antes las reglas generales del gran juego ciudadano. Y ahí, sí, hace falta un acuerdo o, lo que es lo mismo, la resignación de privilegios en pos de un bien común. Si bien los tratados, los pactos y los acuerdos tienen en común la idea de conciliar antinomias, y se los suele usar como sinónimos, el tratado produce efectos de derecho entre los firmantes. El término pacto deriva del indoeuropeo pak que significa fijar, asegurar. Entre otras palabras latinas, dio pax, paz. Es verdad que en un acuerdo coinciden las voluntades para producir el efecto de derecho; la etimología es más que sugerente: ad cordis, hacia el corazón. Pareciera que, a diferencia de un tratado, el acuerdo conlleva un elemento afectivo, de reconocimiento del otro como un igual más que un par. Es decir, como parte de un colectivo mayor que une, identifica, congrega.

Hasta cierta edad una persona ensaya su firma, que se parece, es cierto, un poco a las de sus padres. Al principio la claridad es el norte —todas las íes llevan su punto—, y suele prolongarse sobre el nombre una línea que lo subraya. Y pareciera que eso es lo sustancial para un chico: la línea bien marcada más que el carácter irreproducible de su propia letra. Con el correr del tiempo, dibujados los bordes de nuestra personalidad, la firma se simplifica a fuerza de urgencias burocráticas hasta que de nuestro nombre solo queda un meandro de Parménides: inmodificable, perpetuo, un gesto sin vacilación. Lo que ha quedado, entonces, es la cartografía microscópica de lo que nos llevó a constituirnos a la hora de consignar lo que abajo rubricamos. En el siglo xix las firmas usualmente prolongaban la última letra en un ida y vuelta descendente que no llegaba a constituir una espiral; se firmaba como si se decorara una hoja.

Esos recodos de tinta —una sinuosidad que nada tiene de incertidumbre— que resaltan el nombre del sujeto que suscribe bien pueden ser vistos como las idas y vueltas, los reclamos y las celebraciones, lo resignado y lo conseguido que fueron necesarios para que las provincias, sabiéndose partes de un todo, sellasen su unión definitiva.

Luis Sagasti nació en Bahía Blanca en 1963. Es profesor de Historia, crítico de arte y escritor. Su primera novela fue El canon de Leipzig (1999). También publicó Los mares de la Luna (2006), además de distintos cuentos y ensayos en diversas revistas culturales.

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