Mirta Iriondo: “Uno jamás debe perder la humanidad, la calidez”

Mirta Iriondo es la presidenta de la Fábrica Argentina de Aviones (FAdeA), organización central de la industria aeronáutica nacional. Junto con Malena Galmarini -titular de AYSA-, es una de las dos mujeres a cargo de empresas argentinas.


Es doctora en Matemática y tiene un máster en Ingeniería Física en Suecia -donde estuvo exiliada por algunos años durante la última dictadura militar-. En cuanto a conocimientos y experiencias laborales, posee una extensa trayectoria académica y profesional: fue directora del área de Planificación Industrial y de Servicios para la Defensa y subdirectora de Investigación Científica y Desarrollo Tecnológico en el Ministerio de Defensa; y la primera decana de la Facultad de Matemática, Astronomía, Física y Computación (FaMAF) de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC).

En el marco de una charla distendida, pero no por eso menos comprometida y valiosa, nos habla de sus años de trabajo en las Fuerzas Armadas, su carrera como docente y de cómo las mujeres pueden lograr espacios en un sector tradicionalmente conducido por hombres. Hacia el final, reflexiona sobre diversos aspectos de su vida personal y relata algunas de sus dolorosas experiencias vividas en los campos clandestinos de detención de El Vesubio (Buenos Aires) y La Perla (Córdoba).

Contanos un poco el trabajo que desarrolló FAdeA durante la pandemia...

Cuando apareció la pandemia se cerraron todas las empresas. Las Fuerzas Armadas eran parte de lo que se llamó personal estratégico y, por lo tanto, estaban exceptuadas del aislamiento. Ante los rumores, decidimos preservar no solo los aviones sino también la producción, lo cual para algunas empresas fue una cuestión muy complicada.

No podíamos no tener personal de guardia así que conseguimos los permisos necesarios para que algunos funcionarios pudieran garantizar el funcionamiento mínimo de FAdeA. Me comuniqué con el Ministerio de Defensa para solicitar el funcionamiento de la empresa, dado que si la fuerza aérea necesita aviones de emergencia y nosotros no podemos darle el servicio de mantenimiento, no se puede sostener la emergencia. Este pedido fue entendido y así salió la decisión administrativa en donde nos incorporaron como personal esencial.

Cuando se está a cargo de una empresa productiva, que te digan que hay que parar la producción de cuajo, es un shock. Empezamos en abril con unos 200 operarios aquí en la planta, y el resto, los que podían, pasaron a realizar teletrabajo. Así comenzamos un periodo complicado.

Nos propusimos combatir el virus y asumir la pandemia produciendo. Y producir en un contexto de pandemia implicaba cambiar la mentalidad. A nosotros nos tocaba estar en la posición de apoyo logístico de quienes estaban más al frente, como lo son la Fuerza Aérea Argentina o el ejército, siempre dentro del Ministerio de Defensa. Concientizar sobre esto fue toda una tarea. Tuvimos que organizar turnos de teletrabajo, que en nuestro rubro supone una dinámica muy complicada. Por ejemplo, si una línea aérea tiene vendidos pasajes para dentro de una semana, ese avión tiene que salir en la semana, lo que implica ponerse a trabajar en compras, comercio exterior, finanzas y, desde el teletrabajo, es difícil lograr esa articulación. Empezamos a trabajar en burbujas, construimos comedores para cada una, un consultorio externo para poder controlar al personal. Los operarios utilizan protección ocular y barbijos, conseguimos el N95 de máxima protección, porque tenemos operarios que trabajan con cercanía. Y juntamente, la limpieza de las herramientas, las mesas de trabajo, entre otras cosas. Entre los trabajadores de mano de obra directa, que llamamos “contactos híbridos”, ninguno se contagió de otros que sí tuvieron el virus o los síntomas. Esa fue una batalla ganada.

El objetivo que nos planteamos en ese momento, además de, por supuesto, preservar la salud de los trabajadores, fue preservar las fuentes de trabajo. Por lo que si alguien dentro de un equipo de trabajo se tenía que aislar por presentar síntomas o la enfermedad de coronavirus u otras patologías de base, contratábamos por un periodo corto a personal para reemplazar a nuestros operarios, de tal manera de poder cumplir con los contratos. A pesar de que son alrededor de 100 personas que no están en planta por razones de riesgo de su salud.

FAdeA es una empresa muy grande que nos permite organizar el trabajo en burbujas y que no tomen contacto entre sí. Aquí estamos preparados para la segunda ola.

¿Cómo fue el ingreso y la aceptación de una mujer como titular de la empresa en este rubro tan particular, donde hay mayoría de hombres y muchos preconceptos?

Yo creo que hay que empezar por la base de todo prejuicio. A nadie se le ocurre llevar su auto a una mujer mecánica. De hecho, ¿existen mujeres mecánicas ? Hay profesiones en las que es muy difícil incorporarse. En la empresa tenemos una sola mujer que trabaja en motores y yo calculo que, en un principio, sus compañeros se habrán preguntado ¿qué hace ésta acá? Se dice que en la base de la pirámide del ámbito laboral de la Administración Pública, tenemos 50 mujeres y 50 hombres, pero acá en FAdeA, por el contrario, tenemos solo un 13% de mujeres quienes, en su mayoría, se desempeñan como secretarias o traductoras. Detrás de FAdeA tenemos una escuela técnica, donde se reciben los técnicos mecánicos aeronáuticos y son muy pocas las mujeres que estudian esta carrera.

Por otra parte, en la carrera de Ingeniería Aeronáutica, en la que fui docente durante varios años en el Instituto Universitario Aeronáutico que depende de la Fuerza Aérea, ha habido camadas en las cuales no se graduaba ni una sola mujer. Se trata de una de las ingenierías más duras, muy relacionada con los aviones, los autos, los motores. Si partimos de esta base, es difícil buscar dentro de este universo mujeres que puedan llegar a posiciones de jerarquía y de toma de decisiones. En ese sentido, hay cada vez menos mujeres en la parte de arriba de esa pirámide.

En el Ministerio de Defensa Nilda Garré fue una referente muy importante e hizo mucho por las mujeres en las Fuerzas Armadas. Yo trabajé en el ministerio por varios años en Fuerza Aérea, lo que hace que esté familiarizada con este mundo. Para mí es bastante natural trabajar con militares y estructuras autoritarias. Y digo autoritarias porque los militares se preparan para una guerra que, esperemos, nunca vendrá. El problema de esta cultura es cuando uno trabaja en tiempos de paz. Igualmente yo hice muy buenos amigos.

En esta fábrica estuve en la transición de la empresa, de la Lockheed Martin a FAdeA, así que conozco mucho de los gerentes que estaban en aquella época. No obstante tengo que decir que FAdeA tiene 2 gerentas, una de Recursos Humanos y otra de Programas, lo que muestra la proporción de lo que decía antes, aunque representa más del 10%.

Es un desafío entonces incentivar y volver más atractivas estas profesiones para invitar a las mujeres a formarse en estas carreras...

Siempre digo que los primeros años de vida vienen con una marca. La escuela primaria es central. Doy un ejemplo sencillo: cuando un niño se trepa a un árbol y se larga, su cerebro calcula la distancia y la velocidad con que va a llegar al suelo. Lo mismo cuando juega a la pelota. Por el contrario, una niña quizás juega con las muñecas y no se trepa a los árboles. De alguna manera creo que esto viene de los primeros años de vida y de la educación de los niños, en donde pueden aprender otros roles, como que un niño juegue y le cambie los pañales a una muñeca y una niña se trepe a los árboles. Esto genera paradigmas, modelos y gustos distintos, por eso creo que en estas profesiones tan duras hay pocas mujeres, así como son muy pocos los hombres que trabajan en guarderías.

Entiendo que tus conocimientos y experiencias previas en la empresa, además de tu personalidad te sirvieron para acceder a tu cargo...

Cada persona tiene su forma de ser y yo tengo mi carácter. Es cierto que una hace cosas que son propias de los hombres, por ejemplo, marcar el territorio. A veces las mujeres en situaciones de poder, también lo hacemos, porque es lo que nos toca vivir. En mi rol de decana en la Facultad de Matemática, Astronomía, Física y Computación (FAMAF) sucedió lo mismo. En primer lugar, porque es una facultad con mayoría de hombres y segundo, es una facultad muy elitista. La realidad es que yo no llegué al cargo de decana elegida por la elite, sino por los estudiantes y los docentes más jóvenes. Al principio fue más bravo en FAMAF que aquí, después se acostumbraron. El elitismo es un componente con el que es muy difícil pelear. Ahora ya no pero hasta hace unos años, cuando las estudiantes mujeres del doctorado quedaban embarazadas, la beca les corría igual y tenían que terminar sus estudios a los cuatro años, igual que un hombre. Se armaban unas discusiones tremendas con los colegas. Actualmente ya no se discute que tienen que tener licencia por maternidad.

Las historias van marcando la vida de las personas y tu historia es muy particular, especialmente en relación a la última dictadura cívico militar. Nos gustaría que nos compartas tu experiencia…

Brevemente puedo decir que estuve una semana en los campos clandestinos de detención de El Vesubio y un año en La Perla. Las experiencias de lo que yo llamo, en general, masacres estatales, que en el siglo pasado costaron la vida de millones de personas, me refiero al nazismo, aún todavía existen, porque hay pueblos que todavía viven situaciones de este tipo.

Estos autoritarismos, aunque considero que es mejor utilizar la palabra masacre, tienen un costado que en el momento en que ocurren pasan desapercibidos por la población. Esto ocurrió con el nazismo y lo mismo con la dictadura militar. Estos poderes autoritarios generan una criatura monstruosa que les permite poner la autoridad que han sido, por ejemplo, los campos de concentración. Y esa criatura tiene un rol medular aunque la población no lo perciba en su momento y a veces pasa mucho tiempo hasta que se lo pueden percibir. Y en estos lugares lo correcto, lo incorrecto, lo absurdo, todo se mezcla.

Cuando uno está desaparecido, no solo está desaparecido para la sociedad, sino para uno mismo también. Y esos campos de concentración y la sociedad que los contiene, se pertenecen unos a otros. La sociedad toma de alguna manera también todas estas características donde se despersonaliza, se le quita el sentido a la vida y resulta fundamental disciplinar para que la muerte haga tronar el escarmiento. Creo que ese es el mensaje último de todo campo de concentración: que la muerte va a hacer tronar el escarmiento. Por lo tanto, la sociedad está aislada y también desglosada. Es un fenómeno que le ocurrió a todos los desaparecidos, hombres, mujeres y también travestis, porque en la Perla llegaban a travestis, simplemente para divertirse. Es un fenómeno que está en los límites y uno siempre camina por esa cornisa. Siempre se siente en algún lugar la soledad, y la única manera de romper esa soledad es con expresiones de cariño. A veces levantarse la venda y mirar una sonrisa, rozar la mano de alguien es una manera de romper con ese aislamiento. Y uno va aprendiendo a sobrevivir en situaciones en las cuales los cambios son abruptos. Es decir, de pronto uno estaba tranquilo riéndose de algo, porque también la risa estuvo en los campos de concentración, y de repente venían y empezaban a pegarle a todo el mundo y se llevaban gente a fusilar. Uno convivía con la muerte en forma cotidiana. Lo que aprendí allí es que uno jamás debe perder la humanidad, la calidez. Ese sería mi mayor aprendizaje y me tocó a los 20 años.