El Teatro Cervantes cumple 105 años y celebra un patrimonio único de la escena argentina
El edificio inaugurado el 5 de septiembre de 1921 es Monumento Histórico Artístico Nacional y uno de los principales exponentes de la arquitectura hispánica.
El Teatro Nacional Cervantes cumple este 5 de septiembre 105 años desde su inauguración y llega a la efeméride con una condición que excede largamente su función como sala teatral: el edificio constituye una pieza singular del patrimonio arquitectónico y cultural. Ubicado en la ciudad de Buenos Aires, fue concebido como una construcción integral en la que arquitectura, decoración, mobiliario y artes aplicadas forman parte de una misma obra.
La sala abrió sus puertas en 1921 con la representación de La dama boba, de Lope de Vega, pero buena parte de su valor actual reside en la permanencia de aquel proyecto edilicio. Su fachada de estilo neoplateresco reproduce la composición de la antigua Universidad de Alcalá de Henares y establece desde el exterior una relación directa con la arquitectura española del Renacimiento. Rejas, columnas, balaustradas y otros componentes del conjunto fueron, a su vez, tomados como referencia de edificios históricos de distintas ciudades de España.
El carácter patrimonial se profundiza en los interiores. El Cervantes fue pensado como un teatro en el que no solo la arquitectura sino también los detalles constructivos y ornamentales contribuyeran a conformar una unidad estética. Azulejos, cerámicas, herrajes, luminarias, espejos, tapices, alfombras y mobiliario fueron realizados en distintos talleres y manufacturas españolas y trasladados a Buenos Aires para integrar el edificio.
Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Tarragona y otras ciudades aportaron piezas y materiales que todavía permiten reconocer, dentro del teatro porteño, distintas tradiciones regionales de la península ibérica. Las columnas de la sala y del vestíbulo, las rejas, la herrería de los palcos y diversos elementos ornamentales remiten a edificios históricos concretos, en una operación que convirtió al Teatro Nacional en una suerte de catálogo arquitectónico y artesanal de la cultura española.
La construcción demandó una intervención de gran escala para su época y reunió a cientos de operarios y especialistas. El resultado fue un edificio en el que la decoración no aparece como un agregado posterior, sino como parte constitutiva de la arquitectura. Esa característica explica buena parte de su importancia patrimonial: preservar el Cervantes implica conservar no solamente una fachada histórica, sino también un conjunto de espacios, objetos, materiales y técnicas vinculados entre sí.

La incorporación del teatro al patrimonio público se produjo pocos años después de su inauguración. En 1926, ante las dificultades económicas que atravesaban sus propietarios, el edificio fue adquirido por el Estado nacional y comenzó una nueva etapa institucional. Desde entonces, su historia quedó ligada a las políticas públicas destinadas al desarrollo de la actividad teatral y a la conservación de un inmueble que pasó a formar parte del patrimonio nacional.
El edificio también atravesó una de las situaciones más críticas de su historia en 1961, cuando un incendio destruyó gran parte de sus instalaciones y afectó especialmente el área del escenario. La reconstrucción implicó una transformación importante del conjunto: la antigua escena fue reemplazada por una estructura de mayores dimensiones y se incorporó un nuevo volumen sobre la avenida Córdoba, destinado a escenario, talleres, salas de ensayo, camarines, depósitos y oficinas.
La intervención permitió recuperar la actividad teatral, aunque modificó la relación entre la construcción histórica y la ampliación posterior. El nuevo bloque, proyectado por Mario Roberto Álvarez y Asociados, resolvió las necesidades funcionales de un teatro moderno y quedó vinculado físicamente al edificio original, cuya arquitectura conserva hasta hoy su carácter distintivo.

También fueron recuperados elementos dañados por el incendio. Entre ellos se encuentra el histórico telón de boca, reconstruido a partir de fotografías y restos encontrados entre los escombros. El teatro volvió a abrir sus puertas en 1968 y continuó desde entonces su actividad como escenario público, mientras el edificio histórico atravesaba distintas etapas de mantenimiento, recuperación y puesta en valor.
La condición patrimonial quedó formalizada posteriormente con su declaración como Monumento Histórico Artístico Nacional en 1995, una protección que reconoce el valor arquitectónico, artístico, cultural e histórico del inmueble y de los bienes que integran su acervo.
En los últimos años, las tareas de restauración volvieron a poner el foco sobre ese patrimonio material. Durante 2025 fueron intervenidos distintos elementos del edificio, entre ellos lámparas originales de 1921, bustos, antepalcos con sus sillones y bargueños. También se recuperaron y reubicaron piezas vinculadas con la memoria de la escena argentina y se restauró la actual Sala Luisa Vehil, con trabajos sobre columnatas, pórticos, yeserías y entelados.