El genio militar, la valentía y la audacia del general Martín Miguel de Güemes

Un soldado de carrera que pasa a la historia como un general gaucho, Güemes fue de fundamental importancia para las acciones de San Martín


“Nos hacen casi con impunidad una guerra lenta, pero fatigosa y perjudicial” Con estas palabras definió, preocupado, el general realista Pezuela la situación que sus tropas vivían frente a las tropas de Güemes.

Martín Miguel Juan de Mata Güemes Montero de Goyechea y la Corte, salteño de nacimiento, era un soldado formado e instruido, conocedor de técnicas y tácticas, con experiencia de guerra; en fin, un soldado de carrera.

Había comenzado su instrucción a los 14 años en las filas de las tropas militares virreinales a fines del siglo XVIII. En 1806, ya con 21 años, integró las tropas que defendieron a Buenos Aires de las invasiones inglesas, siendo edecán nada menos que de Santiago de Liniers, comandante de la Reconquista de la ciudad.

Su anecdotario militar cuenta con la experiencia tal vez única de la historia militar de haber sido testigo de la toma de un barco por parte de fuerzas de caballería. Una avezada nave inglesa quedó varada en la bajante del río de la Plata, y fue víctima de la caballería de Buenos Aires.

Luego de una licencia por salud, con el éxito de la Revolución de Mayo integró los ejércitos expedicionarios combatiendo en Suipacha y marchando al sitio de Montevideo.
Volvió a su Salta natal y se puso a enteros servicios del Ejército del Norte, donde se finalmente salió a la luz el general gaucho que paso a la historia. Dominador de las técnicas militares de sableo, lanza y tiro, se ganaba el prestigio entre la tropa. Siempre bien montado y con destreza gaucha en las tareas de a caballo. De mal genio, pero con un amor incondicional hacia sus tropas. Dueño de un carisma y un estilo de mando que hacía que sus hombres dieran la vida por él en cada asalto montado. Sus dotes militares y su personalidad han impactado a los dos grandes generales de nuestra historia que lo conocieron. El Padre de la Patria se manifestó admirado de la "la intrepidez y el entusiasmo" con que sus gauchos se lanzaban sobre la infantería realista sin miedo a su entrenado fuego de fusilería.

En las campañas por la Independencia Güemes tendría a su cargo lo que militarmente se denominaría el esfuerzo secundario de la operación. No obtendría la gloria de Chacabuco, Maipú y Lima, pero sus acciones debían impedir que las tropas realistas ingresaran por el Norte de nuestro país, con riesgo de comenzar a marchar sobre nuestras ciudades. De no lograrlo, el esfuerzo del Ejército de los Andes sería en vano, y seguramente deberían distraerse las tropas de sus objetivos en Chile y volver al este de los Andes para reforzar a las provincias del Río de la Plata.

Las tropas realistas estaban normalmente mejor entrenadas y equipadas que las de las fuerzas salteñas y también que las del Ejército del Norte, en esos tiempos acuartelado en Tucumán. Tal vez en una lucha clásica, formal, de tácticas convencionales, con fuego de artillería, fusilerías enfrentadas y cargas de caballería, otra hubiera sido la suerte. La decisión fue enfrentarlos en forma permanente sin buscar la definición en el corto plazo, sino el desgaste material y moral de sus fuerzas. “Su plan es de no dar ni recibir batalla decisiva en parte alguna, y sí de hostilizarnos en nuestras posiciones y movimientos”, definió el comandante enemigo que sufría sus acciones militares.

Operativos rápidos, con pocos efectivos, de daños no muy significativos pero certeros, con un hostigamiento permanente y en lugares y momentos imprevistos. No solamente afectaba el poder militar y la consecución de las operaciones planificadas del adversario, sino que principalmente afectaban la moral de sus jefes y sus tropas, quienes advertían en esos valientes gauchos, la falta de respeto y temor a su instrucción y armamento. Su apodo de “infernales de Güemes” era, a su vez, intimidatorio. El convencimiento y entrega absolutos que mostraban a la causa de su jefe agigantaba aún más la figura del general salteño.

Su férrea decisión política también influyó de manera importante, siendo gobernador de Salta, armó a sus tropas y mantuvo su logística a costa de los impuestos al pueblo, restándole esto, a través de los años, su inicial popularidad con gran parte de la sociedad. "La Nación sabe cuántos y cuán grandes sacrificios tiene hechos la provincia de Salta en defensa de su idolatrada libertad. A costa de fatigas y de sangre ha logrado que los demás pueblos hermanos conserven el precio de su seguridad y sosiego” con estas palabras definió a su amigo, el general Manuel Belgrano, la situación de su provincia frente a las operaciones militares en el Norte.

El 7 de junio de 1821 fue gravemente herido con arma de fuego, muriendo días después, el 17 de junio, en medio del cuidado de sus queridos soldados gauchos. El pueblo de Salta inundó las calles con su presencia durante el entierro de su general. Sus gauchos, un mes después, el 22 de julio vencieron definitivamente a las tropas realistas y las expulsaron de Salta en forma definitiva.

El genio militar de Güemes radica justamente en la elección del tipo de guerra que presentó al enemigo para cumplir con su misión, y en la perseverancia para llevarla a cabo. Innovador, audaz y valiente tal vez sean sus mayores cualidades a la hora de decidir sus acciones militares. Lo que indudablemente lo lleva a la gloria son sus virtudes como jefe militar, aquellas que llevaron a sus tropas a obedecerle a ciegas y a amarlo fervientemente hasta el día de hoy. El Ejército Argentino lo recuerda en el estudio de sus técnicas y tácticas por medio de la historia militar, y en la evocación de su imagen en distintas unidades del país. El Regimiento de Caballería de Exploración de Montaña 5 “General Martín Miguel de Güemes” es el homenaje permanente que recibe, con los colorados uniformes a caballo que recorren la ciudad de Salta en cada fecha patria.