Presidencia de la Nación

Por una soberanía de nuestros territorios: salud, género y ambiente en América Latina


Por María Bosco

Si nuestro sudor sirviera

Ya habría algún sudoructo.

Marcelo Berbel (“El Embudo”)

Descargá y leé el sexto número: Discriminación ambiental y Racismo

Introducción y aclaraciones

El presente artículo toma como marco descriptivo a América Latina, región que, aunque extensa y con sus diferencias locales, comparte tanto el modelo de acumulación de capital como sus orígenes coloniales. A su vez, y a raíz de eso, sus países expresan similares índices que reflejan las desigualdades sociales, económicas y de género que presentan. Por lo tanto, este aporte se realizará a partir de un análisis interseccional, entendiendo que “el capitalismo patriarcal imperialista racialmente estructurado demanda la necesidad de analizar de manera integral los efectos del racismo, las relaciones de clase y género, sus intersecciones entre el colonialismo y el imperialismo que complejizan las opresiones” (Carosio, 2017: pp.35).

Es imperioso destacar que muchas de las caracterizaciones sobre la noción de sexo/género que se explicitan en este artículo se orientan en considerar a las mujeres en base a su sexo biológico. Esto se debe a dos razones: la primera, es que el cuerpo es el primer territorio donde las personas socializadas como mujeres perciben el mundo, y el primer territorio donde opera el sistema patriarcal, oprimiendo desde el ejercicio de una violencia sexual. “Históricamente el patriarcado se ha servido de la conceptualización del cuerpo de la mujer como territorio que se puede poseer y fecundar” (Busconi, 2018: pp.2). La segunda, simplemente porque los datos oficiales que expresan las desigualdades sociales y de género de América Latina, y que se citan en este artículo, están desagregados por hombre/mujer, sin diferenciar por otros tipos de identidades de género.

Sin embargo, es preciso destacar y reconocer la existencia de múltiples opresiones, discriminaciones y desigualdades que padecen aquellas personas que no se ajustan a la cisheteronorma y que, justamente, la ausencia de datos que reflejen estas desigualdades es una evidencia más de la continua invisibilización de sus identidades de género.

La vulnerabilidad compartida

El actual modelo de acumulación de capital de América Latina se basa principalmente en la primarización de la economía y en su perfil extractivista de los recursos naturales. Dicho modelo de acumulación determina la forma de inserción de la región en el mercado internacional, que se inscribe en un proceso de financiarización de la economía y que tiene primeramente como estrategia de financiamiento al endeudamiento externo (García Delgado y Gradin, 2017). Esta dinámica responde a la globalización, proceso que profundiza la interconexión y la interdependencia del mundo a través del flujo de capital global y la actividad multinacional, y cuya dimensión económica actualmente obedece a ideales neoliberales que apoyan una economía capitalista no regulada. Esta globalización neoliberal hace que los Estados-nación pierdan aspectos de su soberanía en favor de una economía mundial integrada, dando lugar a una desigual distribución de recursos entre el Norte y el Sur globales (Butale, 2017) y generando desigualdades territoriales a lo largo del planeta.

Estas desigualdades territoriales emergen de los modelos de acumulación neoliberales que ordenaron la expansión de megaproyectos extractivos que comparten características comunes como son la gran escala, la orientación a la exportación, la ocupación de tierras y la amplificación de impactos ambientales y sociosanitarios negativos (Svampa, 2017). Todo esto no sólo afecta a nivel general, destruyendo la naturaleza y la biodiversidad, contaminando el medioambiente, contribuyendo al cambio climático y generando una pérdida de la soberanía nacional y alimentaria de los países de la región. Como se demostrará a continuación, este sistema también afecta a nivel particular, incidiendo directamente en la salud de la población, degradando la calidad de vida de millones de personas.

Por lo tanto, las violencias históricas a las que fueron sometidos los pueblos colonizados de América Latina han golpeado tanto a los territorios ancestrales como al primer territorio: el cuerpo (Instituto de Salud Socioambiental [InSSA], 2021).

Impactos en la salud humana

El Instituto de Salud Socioambiental de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Rosario (2021), en su Poster Cuerpo-Territorio, evidencia diversas problemáticas socioambientales de la región de América del Sur (agronegocios, incendios, feedlots, megaminería y fracking, entre otras) y sus graves consecuencias en la salud de las personas, indicando una a una su afectación en los diferentes órganos o sistemas de órganos. Afecciones gastrointestinales, respiratorias y en la piel, tumores, alteraciones neurológicas y hormonales, malformaciones congénitas, abortos y alteraciones de la fertilidad, depresión, ansiedad, enfermedades zoonóticas y transmitidas por vectores, problemas cardiovasculares, alergias y malnutrición, son sólo algunas de las ciento de enfermedades detectadas (InSSA, 2021). Sin embargo, este trabajo pretende complejizar este análisis, al evidenciar que las desigualdades territoriales afectan de manera diferenciada en la salud de hombres y mujeres.

En materia de salud y alimentación, un indicador importante es la evaluación de la seguridad alimentaria como una dimensión en la que se expresa la desigualdad social y económica de un individuo, familia o grupo. Según datos recientes de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (2021), la región de América Latina y el Caribe presentó en 2020 una prevalencia de inseguridad alimentaria moderada o grave de 40,9%. En todo el mundo, durante el año más golpeado por la pandemia por COVID-19, la inseguridad alimentaria moderada o grave se profundizó de 2019 a 2020, aunque fue particularmente perjudicial para el sur global: América Latina y el Caribe presentó un aumento del 9% y África un aumento del 5,4% (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura [FAO], 2021).

Sin embargo, al desagregar los datos por sexo, se observa que a lo largo y a lo ancho del planeta, la inseguridad alimentaria afecta más a las mujeres que a los hombres. Esta brecha se amplió en el año de la pandemia de COVID-19: “La prevalencia de la inseguridad alimentaria moderada o grave fue un 10% superior entre las mujeres que entre los hombres en 2020, frente a una proporción del 6% más en 2019” (FAO, 2021: pp. 23). Sin embargo, al desagregar los datos por regiones, se observa que América Latina y el Caribe es la región donde más aumentó esa brecha, siendo un 24% en 2019 y un 30% en 2020. Esto evidencia que históricamente las mujeres se ven afectadas de forma desproporcionada por las crisis sanitarias y económicas en una serie de ámbitos que repercuten directamente en las oportunidades económicas de las mujeres y su acceso a alimentos nutritivos (FAO, 2021).

Lamentablemente, esto no es una novedad. La escasa asequibilidad de las mujeres a alimentos nutritivos responde a un proceso, que se corrobora a nivel mundial, conocido como feminización de la pobreza. Este fenómeno, que demuestra que la gran mayoría de las personas pobres son mujeres, tiene como origen numerosas variables.

Feminización de la pobreza en épocas de crisis

Una de las variables que explica la feminización de la pobreza en la región es el deterioro de las condiciones laborales que han sufrido las mujeres en el proceso de feminización del empleo, cuando las empresas transnacionales se trasladaron a los países latinoamericanos buscando “mano de obra barata” con pocas leyes sociales, derivando en que las mujeres accedieran a empleos de baja remuneración y calificación. En particular esto ha afectado fuertemente en materia económica a las mujeres agricultoras, ya que las empresas transnacionales les han arrebatado la propiedad y el control sobre sus recursos autóctonos y el acceso a nuevos recursos como la tierra y el agua, las han desplazado de sus tierras para obtener materias primas y, por lo general, las patentes sobre los productos obtenidos de la biodiversidad local no incluyen pagos de regalías a las mujeres ni a sus comunidades, propietarias de los recursos (Butale, 2017).

Otra de las causas de la feminización de la pobreza se relaciona con la doble jornada laboral de las mujeres debido a su papel tanto en el trabajo productivo como en el reproductivo no remunerado (trabajo doméstico y de cuidado), que este sistema patriarcal y capitalista les ha asignado como imperativo de género en la división del trabajo (Carosio, 2017). Esto significa una marcada desigualdad en el uso del tiempo: a nivel mundial, las mujeres dedican 2,6 horas por cada hora de trabajo doméstico y de cuidados no remunerado que dedican los hombres, elevándose esta cifra a 2,8 en América Latina y el Caribe (Comisión Económica para América Latina y el Caribe [CEPAL], 2021).

Esta doble carga de trabajo explica por qué las crisis ambientales impactan de manera diferenciada según el género: las mujeres padecen una mayor vulnerabilidad ya que las tareas domésticas y de cuidado dependen fundamentalmente de los recursos naturales para la provisión de alimento y cuidado (CEPAL, 2021). Por ejemplo, cuando existe falta de acceso a fuentes de agua cercanas la carga para conseguir el recurso se distribuye de manera desigual: 72% mujeres y 28% hombres (Banco Interamericano de Desarrollo, 2016, citado en CEPAL, 2021). Del mismo modo, la imposibilidad de acceder a fuentes de energía limpia para la cocina implica la responsabilidad en la adquisición y administración de la energía para el hogar, que exige a las mujeres gran cantidad de tiempo y riesgo de su seguridad física (por ejemplo, el uso de fuentes de energía como la leña y la biomasa se asocian a problemas de salud por causa de la contaminación intradomiciliaria) (CEPAL, 2021).

Otro factor de desigualdad de género es la escasa accesibilidad al recurso natural fundamental para la producción de alimentos: la tierra. Su acceso y titulación para las mujeres se distribuye de manera muy desigual: en América Latina, sólo un 20% de las unidades agrícolas cuentan con una mujer como titular (FAO, 2017 citado en CEPAL, 2021). Esto es sumamente importante en el análisis de la inseguridad alimentaria y el Derecho a la Alimentación, ya que se calcula que si las mujeres tuvieran el mismo acceso que los hombres a los recursos productivos podrían aumentar los rendimientos de sus fincas y elevar la producción agrícola, lo que podría reducir la hambruna en el mundo entre un 12 y un 17% (CEPAL, 2021).

Por último, es necesario destacar un tipo particular de violencia que sufren las mujeres en situaciones de crisis. Cuando existe un descenso en la asequibilidad de los alimentos, éstos se distribuyen de forma desigual dentro del núcleo familiar, priorizando la alimentación de los hombres de la casa (padre, hijos y visitantes varones, si los hay), dejando para las mujeres sólo las sobras. Este tipo de violencia, que Rita Segato (2018) denomina “violencia alimentar”, es tanto una violencia material como simbólica, ya que es una manera de significar la atribución de valor diferencial a las personas según el género. Segato (2018) indica que, a lo largo de sus extensos trabajos, y especialmente entre las clases bajas, la ha encontrado omnipresente en las regiones rurales de toda América Latina.

A modo de cierre: “Ni la tierra ni las mujeres son territorio de conquista”

Como se ha explicitado al comienzo de este documento, se ha nombrado a las mujeres en base a su sexo biológico, determinado por su corporalidad, espacio que representa la raíz misma de la opresión de las mujeres desde un primer lugar donde opera el patriarcado que es la violencia sexual. En este sentido, y en particular, las mujeres latinoamericanas han sufrido siglos de subordinación debido al colonialismo europeo patriarcal, racista y discriminador que las ha simbolizado “como cuerpos preferentemente erotizados, convertidos en instrumento para la sujeción y la reproducción del colonizador” (Carosio, 2017: pp.34).

Los ecofeminismos son movimientos feministas clave que hacen un paralelismo entre la dominación y explotación de las mujeres y de naturaleza, y comparten la visión de que la subordinación de las mujeres a los hombres y la explotación de la Naturaleza “responden a una lógica común: la lógica de la dominación y del sometimiento de la vida a la lógica de la acumulación” (Busconi, 2018: pp.4). Asimismo, los ecofeminismos denuncian la supuesta relación mujeres-naturaleza consolidada a partir de la biología de las mujeres gracias a la capacidad de crear y gestar vida, que las condena a una condición de reproductoras y cuidadoras (Busconi, 2018) y, utilizando esto como excusa, a una precarización de su vida.

El modelo patriarcal que subyace a la ciencia moderna se basa en una dicotomía cultura/naturaleza apoyada fundamentalmente por la dicotomía masculino/femenino. Tanto la naturaleza como las mujeres se asocian con lo irracional y, en consecuencia, con aquello que necesita ser domesticado y controlado. A partir de esto, “se justifica ideológicamente el dominio y la explotación de la naturaleza y las mujeres” (Busconi, 2017: pp.8).

Por todo lo expuesto, es fundamental analizar tanto las temáticas ambientales como las sanitarias desde una perspectiva feminista : en el entendimiento de que tanto el cuerpo de las mujeres como la naturaleza han sido simbolizados como territorios a conquistar, controlar, domesticar. Esta lógica debe ser desandada para lograr una verdadera soberanía de nuestros territorios, los compartidos y los propios.

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