Presidencia de la Nación

El racismo como forma de organización social: el COVID-19 en los barrios populares


En esta nota presentamos el recorrido institucional del concepto racismo estructural, y la forma en que el INADI va abarcando desde cada perspectiva este problema.

Por Ana Engelman y Daniel Radduso

Descargá y leé el primer número: ¿No hay racismo en Argentina?

El debate público sobre el Coronavirus

Las intensidad y extensión de la producción reflexiva sobre el Coronavirus, como acontecimiento social global, se expresa en volúmenes de documentos y acaloradas polémicas que revelan su peculiar excepcionalidad y su enorme impacto en múltiples aspectos de la vida en sociedad. Los discursos médico, científico, militar, religioso y social, entre otros, con heterogéneas nociones sobre el Sujeto, las Instituciones y el Estado actúan sobre la agenda pública, con respuestas transitorias y parciales que buscan caracterizar los problemas del COVID-19, distinguir lo urgente, lo importante, y como parte de ese proceso imponen condiciones, organizan prácticas y ofrecen soluciones. Mientras tanto, los sujetos nos relacionamos y habitamos el mundo a través de ideas, valores y sentimientos que también juegan su partida.

Desde el pensamiento social, se plantea que el derecho a la vida, a la dignidad humana y a la salud son asuntos relativos al reconocimiento de la condición ciudadana y corresponde a los Estados, nacionales y subnacionales, la obligación de su efectivo goce. Este planteo adquiere importancia a la luz del fenómeno epidemiológico que afecta a las/os habitantes de barrios populares del área metropolitana de Buenos Aires.

En la Coordinación de Observatorios e Investigación del INADI, nos abocamos a la construcción de diagnósticos que permitan desmontar la matriz racista y las prácticas discriminatorias. En este trabajo, las teorías sociales nos asisten en la comprensión de fenómenos, el análisis de sus principales aspectos y efectos sociales, en tanto que los documentos oficiales, los artículos académicos y la interacción espiralada entre datos y teoría son nuestras herramientas privilegiadas.

Este artículo se propone analizar cómo opera la relación entre el hábitat y la trama social de los barrios populares y los aspectos sistémicos del racismo en el abordaje estatal del COVID-19. Para tal propósito realizamos una descripción del racismo, como forma de organización social, y proponemos un esquema que ordena sus principales características en dimensiones. Concluimos este trabajo evaluando las tensiones entre lo político y lo biológico y los efectos de la matriz racista en las diferencias negativas adicionales relativas al COVID-19, que afectan a los habitantes de barrios populares.

El racismo, una categoría en desarrollo

La realización adecuada práctica hermenéutica de una categoría juega su fortuna en el adecuado encadenamiento de significantes, campos semánticos y perspectivas ético-políticas. En este punto, creemos que el documento “Hacia un Plan Nacional contra la Discriminación” - Decreto 1086/2005 - es un buen punto de partida. “El Plan” define al racismo como una matriz que articula los procesos identitarios, las figuras de alteridad y las operaciones de jerarquización y segregación de distintos grupos sociales (personas de piel oscura, personas pertenecientes a pueblos indígenas, afrodescendientes, personas migrantes, personas en situación socioeconómica de pobreza, entre otros). En otros términos, el racismo es una forma de organización social que se apoya en estructuras sociales y económicas que justifican desigualdades sistémicas que afectan la dignidad de las personas en base a criterios raciales y de dominación blanca.

Las prácticas institucionales, las relaciones económicas-laborales y las lógicas discursivas que caracterizan a la matriz racista, actúan en las tramas sociales de cada contexto histórico, sedimentando, encadenando y actualizando sus efectos sociales. Como señala Segato (2011),

“El racismo es siempre un producto de la historia, es decir, de relaciones que dieron, históricamente, entre pueblos, con sus respectivas matrices raciales. El racismo es la consecuencia de la lectura, en los cuerpos, de la historia de un pueblo. Es la lectura del aspecto físico de los pueblos en tanto que vencedores y vencidos, y la atribución automática, prejuiciosa, de características intelectuales y morales que, de forma alguna, son inherentes a esos cuerpos” (Pág. 6).

La producción teórica de la categoría racismo tiene una extensa historia y es una potente herramienta para el abordaje de fenómenos sociales heterogéneos como la explotación, la segregación y la violación de derechos, que demanda la elaboración y la aplicación de correctos procedimientos metodológicos que pueda evitar intervenciones basadas en definiciones desafortunadas

En este sentido, a continuación, presentamos el estudio de los principales aspectos del racismo como categoría analítica en tres dimensiones: como problema institucional, como problema estructural y como problema de discurso. Este esquema permite, para cada dimensión, la delimitación de un objeto, una definición sobre el modo de funcionamiento y la caracterización de distintas manifestaciones del fenómeno. En un segundo momento, se presentan un conjunto de datos producidos por el INADI a través del Mapa Nacional de la Discriminación y otros estudios con el objetivo de visibilizar la trayectoria del equipo de investigaciones en relación con el estudio de las prácticas y manifestaciones racistas en nuestro país.

El racismo como problema institucional

El racismo como problema institucional estudia la matriz que caracteriza las prácticas (acciones u omisiones) burocráticas y organizacionales que provocan y definen jerarquizaciones entre personas afectando a aquellas que pertenecen / son identificados con distintos colectivos históricamente discriminados.

Esta dimensión del racismo opera cuando las fuerzas sociales dominantes constituyen arreglos y estructuras organizativas que aseguran una distribución desigual de bienes, servicios, reconocimientos y derechos sobre la base de justificativos basados en criterios étnicos, culturales, de creencias religiosas, entre otros.

La dimensión institucional de la matriz racista se verifica en distintos contextos históricos. En este artículo revisamos el modo en que el racismo permeó los procesos de configuración institucional de los Estados nacionales y en el diseño del sistema internacional de Estados. El proceso de constitución del Estado Nación moderno se caracterizó por el diseño de instituciones y estructuras sociales basadas en criterios de negación de la alteridad y de segmentación de la sociedad. En este sentido, el artículo 25 de la Constitución Nacional de 1853 expresa el compromiso estatal con el fomento de la inmigración europea. Este procedimiento operó en la estetización de la clase dominante y expresa, paradigmáticamente, la construcción de las representaciones sobre nociones de clases laboriosas y su inverso, las clases peligrosas.

Los procedimientos de homogeneización social, jerarquización y negación de alteridad adquirieron especificidad histórica a través de las decisiones asumidas por las principales figuras políticas e intelectuales de la generación del ´80. En este marco se comprenden heterogéneas iniciativas como el genocidio perpetrado a la población indígena, a través de la “Conquista del Desierto”, y el establecimiento, bajo administración nacional, de escuelas nacionales y normales en las distintas provincias.

En síntesis, la construcción de la ciudadanía argentina se configuró a través de “una matriz de construcción de alteridad racialmente marcada hacia el interior” (INADI, 2005), que sirvió de base para los mecanismos de exclusión plebeya, por parte de las elites que controlaron el Estado y sus recursos. Las prácticas del racismo institucional involucraron los procedimientos de negación “nacionalista y genocida con respecto a los pueblos originarios y a los afrodescendientes” y su articulación con la negación liberal y asimiladora en los “inmigrantes españoles, italianos, ingleses, franceses, alemanes y, en menor medida, árabes y judíos, a quienes según los períodos y los sectores intelectuales se los consideró más o menos asimilables” (INADI, 2005).

Del mismo modo, el estudio del racismo como problema institucional permite caracterizar el sentido desigual de las relaciones a nivel internacional y, en particular, las configuraciones del colonialismo y el imperialismo. Desde esta perspectiva, los dispositivos legislativos y administrativos atravesados por este sentido provocan la difusión de las doctrinas de superioridad racial, y una “mirada generalizadora y tipificadora de los países que dominan el mundo sobre las sociedades vistas como no blancas” (Segato, 2011: pág. 6). El racismo institucional actúa en la configuración del sistema político y económico internacional que afecta a los Estados subdesarrollados y beneficia a los Estados desarrollados.

Es preciso señalar que a mediados del S. XX., en el contexto de las tensiones entre las potencias del mundo bipolar y por efecto de las luchas de los pueblos africanos, se abrió un debate en los organismos internacionales sobre el tratamiento de la discriminación y las configuraciones raciales de la identidad. Esta experiencia motivó el reconocimiento del racismo como problema de los Estados nacionales y de la “Comunidad Internacional”. Desde entonces los pronunciamientos y acuerdos, planteados en el marco de la Organización de las Naciones Unidas, establecieron criterios que permitieron (1) identificar al racismo como una ofensa a la dignidad y una violación a los derechos humanos y (2) desarrollar progresivamente un sistema internacional de protección de los derechos vinculante a los Estados y exigibles por sujetos y comunidades.

El racismo como problema estructural

El racismo como problema estructural expone el sistema que relega a las poblaciones no blancas a los extremos sociales de menor oportunidad y la segmentación sistemática de las personas en clases sociales en base a la connotación étnico-racial. Al mismo tiempo, permite identificar el vínculo entre discriminación racial y los fenómenos sociales de desigualdad estructural e injusta distribución de los recursos materiales y simbólicos.

Según Van Dijk (2007) “alrededor del “racismo estructural” se naturalizan diferentes mecanismos cotidianos de discriminación, predominando la tradicional exclusión de clase y racial de los cuales son objeto, principalmente, las personas inmigrantes de países limítrofes y del Perú, las personas de tez oscura, los descendientes de pueblos indígenas y las personas en situación socioeconómica vulnerables en la Argentina” (citado en INADI, 2014: pág. 68). La matriz racista opera así en el campo de las relaciones laborales y económicas.

A posterior analizamos el proceso de colonización como activo fundante de la matriz racista y el vínculo entre condición socioeconómica de pobreza y la discriminación racial. El proceso de colonización de los territorios de América implicó el diseño de un nuevo patrón de distribución del poder a nivel mundial, organizado a través de la lógica de un capitalismo colonial / moderno, cuyos ejes fundamentales fueron la codificación de las diferencias entre conquistadores y conquistados a través de la idea de raza y la articulación del control del trabajo, los recursos y productos en torno del capital y el mercado mundial. Este patrón organizó las relaciones sociales en base a identidades sociales históricamente nuevas (indios, negros, mestizos, europeos), que diferenciaron conquistadores y conquistados en base a una connotación racial. La dominación colonial clasificó a la población y las identidades fueron asociadas con jerarquías, lugares y roles sociales. Siguiendo a Quijano (2014), podemos afirmar que,

“Las nuevas identidades históricas, producidas sobre la base de la idea de raza, fueron asociadas a la naturaleza de los roles y lugares en la nueva estructura global de control del trabajo. Así ambos elementos, raza y división del trabajo, quedaron estructuralmente asociados y reforzando mutuamente, a pesar de que ninguno de los dos era necesariamente dependiente el uno del otro para existir o para cambiar (pág. 781).”

En el mismo sentido, Van Dijk sostiene que “esta dimensión del racismo plantea que los “estereotipos raciales han sido, más que subsidiarios o independientes, la causante de la formación de las clases sociales” (INADI, 2020: pág 4).

La reestructuración de los Estados y las sociedades latinoamericanas empleadas en el contexto de las dictaduras de las décadas del 70 y 80, así como las políticas económicas ortodoxas y de redefinición del rol del Estado ligadas a distintas experiencias neoliberales, provocaron cambios en las estructuras sociales y condujeron al deterioro de las condiciones de vida de amplios sectores de la población, que sufrieron la exclusión social y la condena al empobrecimiento. Este proceso de vulneración de derechos estuvo acompañado de una “actualización” de los componentes de la matriz racial, que integró al discurso excluyente las nociones basadas en la competencia individual y la meritocracia.

La matriz racial incorporó las nociones excluyentes que afectan a las personas en situación socioeconómica de pobreza, quienes sufren la condición de “chivo expiatorio” en los procesos de exclusión de carácter sistémico. En este marco, “es posible reconocer a la pobreza y la exclusión social como multiplicadoras de vulnerabilidades y fenómenos transversales a todos los motivos de discriminación” (INADI, 2014: pág. 125).

El racismo como problema de discurso

La matriz racista como problema de discurso permite develar la lógica de funcionamiento del campo simbólico que hace posible la responsabilización, difamación, hostigamiento, discriminación y negación de derechos que afectan a determinados grupos sociales. Posibilita el análisis de los estereotipos y los prejuicios como estructuras de discurso que afectan a distintos sujetos o colectivos en base a criterios de segregación racial.

Es preciso mencionar que los seres humanos constituyen la subjetividad a través del discurso y que es por este medio que se configuran las identidades y en este sentido, “no existe el lazo social fuera de los discursos” (Aleman, 2019: pág 87). Así, el discurso social racista se propone “consolidar una imagen estereotipada y negativa del grupo discriminado y una imagen positiva del propio grupo, neutralizando toda mirada crítica o reflexiva posible que pudiera cuestionar este discurso” (INADI, 2019: pág. 29). Este tipo de discurso se expresa en manifestaciones o estructuras de significantes - con pretensión lógica- que modelan las figuras de alteridad y permiten la despersonalización (Turner, 1990) y deshumanización (Bar-Tal, 1989) de distintos sujetos y colectivos históricamente discriminados, lo cual construye justificaciones afectan la dignidad de las personas e impiden el ejercicio de los derechos de ciudadanía.

A continuación, listamos cuatro tipos de manifestaciones y estructuras de significantes, que caracterizan el discurso racista: Un primer tipo de significante racista busca homogeneizar y negar la diversidad interna de las/os migrantes, los pueblos indígenas, las/os pobres. Este procedimiento implica la invisibilización cada sujeto, eludiendo su historia personal y permitiendo tratarlas como cosas y no como personas (Nash, 2005; Thompson, 1998). Un segundo tipo de manifestación racista considera a “el Otro” como amenaza, e involucra aquellos discursos que distribuyen prejuicios de peligrosidad y delincuencia, en particular sobre jóvenes, sectores populares y personas que participan en colectivos u organizaciones. Estas expresiones enfatizan en las carencias de estos sujetos en comparación a la norma social (“son drogadictos”, “desconocen la lengua”, “son autoritarios”, etc.).

Un tercer tipo de significante se realiza a través de la exageración de diferencias culturales. El discurso racista acentúa las diferencias existentes entre personas y grupos (“ellos no son como nosotros”). Se dramatizan y exageran las diferencias culturales hasta el punto de esencializar y racializar al otro diferente (Pettigrew y Meertens, 1995). Este procedimiento involucra la crítica y la minusvaloración de las expresiones culturales populares (“no quieren integrarse”, “buscan imponer sus costumbres”, “tienen más derechos que los argentinos”). Un cuarto tipo de discurso plantea que “el Otro” se aprovecha de “Nosotros”. Este procedimiento señala que “las/os migrantes”, “las personas pobres” y otros colectivos sociales no se esfuerzan por insertarse en el mercado y que se aprovechan ilegítimamente del Estado lo que provoca una carga económica para los ciudadanos - contribuyentes (“son planeros”, “llenan los hospitales”, “tienen muchos hijos”, etc.).

Los estudios sobre racismo en el INADI

El equipo de investigaciones del INADI ha venido desarrollando, desde su creación, diferentes estudios e investigaciones en torno a la discriminación, la xenofobia y el racismo en nuestro país. Estas investigaciones fueron nutriendo el debate teórico y empírico en torno a la categoría de racismo, dando cuenta de la complejidad del fenómeno.

En la iniciativa del Mapa Nacional de la Discriminación llevada adelante en el 2013, se propuso, a través del estudio y análisis de las percepciones y representaciones sociales en todo el país, profundizar sobre algunos de los fundamentos culturales que delimitan nuestra mirada de la otredad, y por lo tanto de fenómenos como la discriminación y el racismo. Focalizando en los prejuicios y estereotipos que condicionan las maneras concretas en que la sociedad rechaza, excluye o incluye y acepta a determinadas poblaciones o grupos, observamos que las representaciones de las personas que ponen en juego todo un andamiaje sociocultural que consideramos necesario reconocer y poner en cuestión para comprender la discriminación.

Como se puede apreciar en la Tabla 1, los datos recabados constataron que el Nivel Socioeconómico como variable se ubica primero entre las percepciones de discriminación en todas las regiones. En el NOA (25%), esta problemática se instala de manera más pronunciada respecto al resto de las regiones del país, mientras que en el AMBA el nivel socioeconómico se convierte en excepción y aparece por debajo del tipo de discriminación por nacionalidad o por condición migrante (27%) y por color de piel (15%).

Tabla 1. Distribución regional de la población que experimentó Racismo Estructural.

Distribución regional de la población que experimentó Racismo Estructural
Tabla 1.

Atendiendo a la evidencia, el Mapa de la Discriminación (INADI, 2013), se procedió al diseño de una categoría analítica que integra las experiencias de discriminación por motivos relacionados al color de la piel, nacionalidad, situación socioeconómica, lugar de origen y por pertenecer a pueblos indígenas y que denominamos “racismo estructural”. Esto permitió observar que el 35% de la población argentina sufrió el racismo estructural, y que el AMBA se posicionó como región dominante de ese clivaje. De la población encuestada en la provincia de Buenos Aires que experimentó discriminación, el 59 % corresponde a casos de racismo estructural y el 41 %, a otros tipos de discriminación (INADI, 2013).

Estos resultados abrieron la puerta a la producción de un estudio orientado a profundizar en la problemática del racismo estructural, particularmente en la región del Gran La Plata donde el 61% de la población había expresado sufrir situaciones de racismo estructural. Así se implementó, la investigación Discriminación y racismo en La Plata (INADI, 2015) basada en la triangulación metodológica cuali-cuantitativa, en la que se estudiaron prácticas y experiencias de personas provenientes de barrios populares.

Este estudio concluyó que “el barrio” se configura como un ámbito de discriminación donde las tramas de relaciones operan de forma específica. La investigación señaló que racismo estructural se desarrolla a través de la articulación y combinación de ciertos atributos que conforman una conceptualización en torno a la “apariencia”, que se expresa como una marca sobre la que el grupo dominante establece sus fronteras. Esta mirada permite arrojar luz sobre las dinámicas de funcionamiento del racismo estructural, que se vuelven cotidianas en la periferia de la ciudad.

Los barrios populares, el COVID-19 y las dimensiones del racismo

“El virus por sí mismo no discrimina, pero nosotros humanos seguramente lo haremos, formados y animados como estamos por los poderes entrelazados del nacionalismo, el racismo, la xenofobia, y el capitalismo” (Butler, 2020: pág. 60). Esta pesimista sentencia corresponde a Judith Butler, filósofa y teórica feminista, quién señaló además que “el virus manifestará la distinción del sistema” sobre las vidas que “valdrá la pena salvar y las que no”.

Este punto de vista nos propone integrar al análisis del COVID-19 las tensiones que se sitúan entre lo biológico y lo político. Como bien lo especificaba Foucault, “…la vida y la muerte no son esos fenómenos naturales, inmediatos, de algún modo originarios o radicales, que caerían fuera del campo del poder político”. (Foucault, 1976). Ciertamente, lo biológico, la vida y la muerte ingresan al campo del poder político a través de la interposición del Estado cuya intervención amplía o reduce la extensión de derechos y define el nivel de segmentación de la condición ciudadana.

En este marco, las imágenes de saturación de los sistemas de salud en los países de Europa Occidental y EE.UU., así como a las dolorosas narraciones de médicos tomando decisiones sobre “la suerte” de los contagiados por COVID-19, ponen en evidencia los mecanismos de organización social y las decisiones soberanas. En nuestro país, este planteo se proyecta en el daño a la salud y el contagio de Coronavirus de las/os habitantes de barrios populares. En este caso, la situación de los barrios populares y las demandas sociales preexistentes expresan la relación entre Estado y Sociedad y se configuran como parte del fenómeno epidemiológico.

La descripción del hábitat y la trama social de los barrios populares permite observar la actuación específica de estructuras de segregación sistemática a nivel urbano, que condicionan el acceso a bienes, servicios, reconocimientos y derechos. Las desventajas del hábitat de los barrios populares se constituyen en barreras que afectan la relación de las/os habitantes con la Ciudad y en el ejercicio de los derechos de ciudadanía, y se manifiestan en tramas sociales específicas.

Para el Estado Nacional -Decreto 2670/2015- un “barrio popular” se caracteriza por estar integrado por 8 o más familias, tener más de la mitad de la población sin título de propiedad del suelo y a más de la mitad de la población sin acceso regular a 2 o más servicios básicos: red de agua corriente, red de energía eléctrica con medidor domiciliario o red cloacal. La Ley 27.493 reconoce a las/os habitantes de los barrios populares el derecho a la regularización del dominio, las obras de integración socio urbana, así como la suspensión de los desalojos.

En este sentido, precisamos un conjunto de manifestaciones que afectan a las/os habitantes de los barrios populares, en base al esquema de dimensiones anteriormente propuesto. En primer lugar, la matriz racista como problema institucional se manifiesta en estos barrios cuando hay falta de acceso a los servicios públicos, o la misma es de baja calidad; cuando sus reclamos son desoídos y minimizados por las autoridades; cuando la polución del ambiente no es atendida por los Estados; cuando las fuerzas de seguridad criminalizan a sus habitantes; cuando los Estados se retiran del cuidado de las familias, adultos mayores, niñas, niños y adolescentes; cuando faltan estrategias institucionales de prevención de la violencia y el delito, etc.

La matriz racista como problema estructural se exhibe cuando el domicilio se convierte en un impedimento para acceder a empleos de calidad; cuando se vuelve el único barrio posible para acceder a la vivienda propia o al alquiler; cuando las condiciones del hábitat afectan la salud de sus habitantes imposibilitando desempeñar funciones laborales; cuando la lejanía de los barrios (respecto de los bienes, servicios y las posibilidades de empleo incrementan) los costos de vida, etc. Por último, la matriz racista como problema de discurso se expone cuando se identifica a los vecinos con el delito organizado; cuando se los estigmatiza como holgazanes, faltos de compromiso y seriedad; cuando se los segrega por ser distintos y ajenos a las “costumbres comunes”; cuando se los discrimina por su lengua y formas de expresión cultural, etc.

Reflexiones finales

El reconocimiento estatal de los barrios populares, que representó un avance en términos visibilización pública y de reconocimiento político, no resolvió la integración a la trama urbana ni logró abordar las demandas sociales pendientes. Las prácticas institucionales, las relaciones económicas-laborales y las lógicas discursivas de naturaleza racista, que afectan a las/os habitantes de los barrios populares, exceden la formalidad legal lo que representa la profundidad de las desigualdades vigentes en el orden social.

En este contexto, las estrategias de prevención del Coronavirus y de protección de la salud de las/os habitantes están condicionadas por la matriz racista, y explican las diferencias negativas adicionales que se experimentan en los barrios populares. El fenómeno epidemiológico evidenció en la agenda pública la segregación sistemática a nivel urbano.

Por último, consideramos que el debate sobre el COVID-19 es escenario y posibilidad para reflexionar sobre nuestras instituciones, relaciones económicas y prácticas discursivas. Desde el pensamiento social disponemos de las herramientas para cuestionar el racismo y el deber ético ciudadano de contribuir a la construcción de una sociedad igualitaria y sin discriminación.

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